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A.
Discurso del Papa Juan Pablo II al Consejo de la Secretaría General
del Sínodo de los Obispos (30 de abril de 1983)
Amadísimos hermanos:
1.
En vuestra última reunión del Consejo de la Secretaría General
del Sínodo de Obispos, en la que esbozasteis las líneas del
Instrumentum laboris, propusisteis que tuviera
lugar una sesión especial dedicada de modo particular a las
cuestiones internas de esta institución eclesial, joven, pero
ya bien experimentada. Aceptasteis así una labor suplementaria
a vuestro trabajo ordinario. De corazón os lo agradezco a vosotros
y también a los oficiales de la Secretaría y a los peritos cuyo
diligente estudio ha constituido una amplia base para vuestra
deliberación acerca de la finalidad y el funcionamiento del
Sínodo de los Obispos.
Esta
reunión vuestra ha sido como el intervalo que deja pasar el
operario después de haber cumplido parte del trabajo, deteniéndose
un poco para reflexionar de nuevo sobre las motivaciones y para
disponerse a seguir decididamente la tarea emprendida. El Sínodo
de los Obispos nació en el terreno fecundo del Concilio Vaticano
II, pudo ver la luz gracias al ingenio y sensibilidad de mi
predecesor Pablo VI y empezó a dar sus frutos desde la primera Asamblea
ordinaria de 1967, que tuvo lugar en esta misma sala donde ahora
nos encontramos. Desde entonces, el Sínodo de los Obispos se
ha ido reuniendo en fechas determinadas, aunque ha experimentado
también otro tipo de Asambleas; así ha contribuido de manera
muy notable a aplicar las enseñanzas y orientaciones, tanto
doctrinales como pastorales, del Concilio Vaticano II en la
vida de la Iglesia universal. El modo como el Sínodo entiende
y explica el Concilio, se ha convertido casi en el modo de interpretar,
aplicar y desarrollar el mismo Concilio.
En
efecto, considerando la riqueza de tantos frutos ya producidos
y las posibilidades mismas de la todavía joven institución del
Sínodo, es justo ante todo dar gracias a Dios, que inspiró su
institución y dirigió sus trabajos. Igualmente es justo, después
de estos años, detenerse a reflexionar basándose en la experiencia
ya adquirida.
2.
El Sínodo de los Obispos ha prestado ya grandes servicios al
Concilio Vaticano II y podrá prestar otros en la aplicación
y desarrollo de las normas y orientaciones conciliares. La experiencia
del período postconciliar muestra muy bien cómo la obra del
Sínodo ha sido una expresión del ritmo de la vida pastoral en
toda la Iglesia.
A
las Asambleas sinodales asisten representantes de los Pastores
como delegados de cada una de las Iglesias locales de todos
los continentes. Ya durante la fase preparatoria se consulta
a las Iglesias locales y su experiencia de la vida de fe es
llevada después por los obispos a la Asamblea. En ella se
intercambian informaciones, sugerencias y propuestas; y a la
luz del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia se delinean
orientaciones comunes que, aprobadas luego por el Sucesor de
San Pedro, repercuten en beneficio de las mismas Iglesias locales,
de manera que toda la Iglesia pueda mantener la comunión en
la pluralidad de culturas y situaciones. De esta manera también
el Sínodo de los Obispos confirma magníficamente la naturaleza
y realidad de la Iglesia, en la cual el Colegio Episcopal, "en
cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y universalidad
del Pueblo de Dios; y en cuanto agrupado bajo una sola Cabeza,
la unidad de la grey de Cristo" (Lumen
gentium, 22).
Sin
duda, el Sínodo es instrumento de la colegialidad e igualmente
elemento válido de comunión, aunque de forma diversa a un Concilio
Ecuménico. Se trata, con todo, siempre de un instrumento eficiente,
ágil, oportuno y adecuado para el ministerio de todas las Iglesias
locales y de su recíproca comunión. Esta finalidad, que pertenece
de por sí al Sínodo en cuanto permanentemente constituido como
"peculiar consejo de los Pastores sagrados", ya estaba
presente desde su institución —tal como lo anunció Pablo
VI en la Carta Apostólica Apostolica sollicitudo— "de manera que después
del Concilio continuara afluyendo al pueblo cristiano esa abundancia
de beneficios, que durante el Concilio se recibió felizmente
mediante aquella estrecha unión nuestra con los obispos".
Que
el Sínodo pueda producir beneficios todavía mayores, depende
de la aplicación concreta que se dé a las conclusiones sinodales
bajo la guía de los Pastores y de las Conferencias Episcopales
en cada una de las Iglesias locales. Esta tarea postsinodal,
por tanto, exige la máxima atención y un cuidado peculiar.
3.
Por lo demás, toda la fuerza dinámica del Sínodo de los Obispos
—como vosotros habéis puesto de relieve— se funda
en la recta comprensión y en el ejercicio de la colegialidad
de los obispos.
En
efecto, el Sínodo es una expresión especialmente fructuosa e
instrumento eficacísimo de la colegialidad episcopal, es decir,
del particular servicio o responsabilidad de los obispos en
torno al Obispo de la Iglesia Romana.
Ciertamente
el Sínodo es una forma de expresar la colegialidad de los obispos.
Todos los obispos de la Iglesia con el Obispo de Roma a la cabeza,
el Sucesor de Pedro, que es "principio y fundamento perpetuo
y visible de unidad" (Lumen
gentium, 23) del Episcopado, constituyen
el Colegio que sucede al Colegio Apostólico, del que Pedro era
la cabeza. La solidaridad
que les une y la solicitud por la Iglesia universal se manifiestan
en grado supremo cuando todos los obispos "cum Petro et
sub Petro" se congregan en Concilio Ecuménico. Hay, evidentemente,
una diferencia real y específica entre Concilio y Sínodo; con
todo, el Sínodo expresa la colegialidad de modo ciertamente
intenso, si bien diversamente de como lo hace el Concilio Ecuménico.
Esta
colegialidad se muestra principalmente en el modo colegial con
que los Pastores de las Iglesias locales expresan sus juicios.
Cuando los obispos —especialmente tras una adecuada preparación
comunitaria en las propias Iglesias y colegial en sus Conferencias
Episcopales (conscientes de sus obligaciones respecto a las
propias comunidades y también de su solicitud por toda la Iglesia)—
dan testimonio común de la fe y de la vida de fe, su parecer
—si es moralmente unánime— comporta un peso eclesial
peculiar que supera el aspecto simplemente formal del voto consultivo.
La
vitalidad de un Sínodo depende, por cierto, de la diligencia
con que se hace la preparación en la comunidades eclesiales
y en las Conferencias Episcopales; cuanto mejor funciona en
concreto la colegialidad entre los obispos —que expresa
la comunión entre las Iglesias particulares—, tanto mayor
será la contribución que los obispos aportarán a la Asamblea Sinodal. El
ejercicio de la colegialidad de los Pastores en el Sínodo produce
un mutuo intercambio, que sirve a la comunión misma, tanto de
los Pastores entre sí, como de los fieles, y en definitiva resulta
provechoso a la unidad siempre más profunda y orgánica de la
Iglesia. El Sínodo, por tanto, está al servicio
de la comunión eclesial, que no es otra que la misma unidad
de la Iglesia en su dimensión dinámica.
En
el misterio de la Iglesia todos los elementos tienen su propio
lugar y función. Así, la función del Pontífice Romano lo inserta
profundamente en el Colegio de los obispos como corazón y quicio
de la comunión episcopal; su primado, que es a la vez un ministerio
para el bien de toda la Iglesia, lo coloca en relaciones de
unión y colaboración más intensas. El mismo Sínodo pone más
en relieve el nexo íntimo entre colegialidad y primado: la tarea
del Sucesor de Pedro, en efecto, es un servicio a la colegialidad
de los obispos y, a su vez, la colegialidad efectiva y afectiva
de los obispos constituye una ayuda muy importante al ministerio
primacial petrino.
4.
Al igual que cualquier institución humana, también el Sínodo
de los Obispos crece y podrá crecer y desarrollar más sus potencialidades,
tal como por otra parte ya previó mi antecesor en la carta Apostolica sollicitudo. Algunas formas sinodales —aunque
ya están previstas— todavía no han sido llevadas a cabo
de manera adecuada y suficiente. Vosotros mismos habéis examinado
varias posibilidades de procedimiento y de método y habéis formulado
varias propuestas hechas a lo largo de la existencia de esta
institución. Por mi parte, podéis estar seguros de la gran estima
que tengo por la función del Sínodo de los Obispos en la Iglesia,
así como de la plena confianza que pongo en su actividad al
servicio de la Iglesia universal.
En
este sentido renuevo el aprecio y el agradecimiento por vuestros
trabajos, sobre los que invoco la bendición de Dios omnipotente
y la protección de María, Madre de la Iglesia.
B. Extracto del
discurso del Santo Padre al Colegio Cardenalicio (Consistorio extraordinario,
13-14 junio 1994)
6.
“Durante los últimos años se ha desarrollado ampliamente
el movimiento sinodal en la
Iglesia. Llegan informaciones sobre la celebración
de numerosos Sínodos diocesanos, provinciales o nacionales.
Pero especial atención merecen los Sínodos continentales. Así
fue, por ejemplo, el Sínodo de los obispos de Europa y, a continuación,
el Sínodo de los obispos de África, que concluyó el 8 de mayo
pasado. Así también el Sínodo del Líbano que, en cierto sentido,
quiere ser el Sínodo de los obispos de Oriente Medio. En la
perspectiva del año 2000 se prevé el Sínodo de los obispos de
América del norte y del sur, así como también, si Dios quiere,
naturalmente, el Sínodo de los obispos de Asia y del extremo
Oriente. Expreso aquí mi gratitud al Arzobispo Jan Schotte,
Secretario General del Sínodo de los obispos, por su servicio
generoso en el ámbito de la dimensión sinodal de la vida de
la Iglesia” (L’Osservatore Romano, edición semanal española del 17
de junio de 1994, p. 7).
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