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Su
origen. Geografía y cronología
San
Luca señala que Pablo habría nacido en Tarso (Hch
22,3). Sus padres emigraron en esta ciudad, quizás deportados
por los romanos. Una vez liberados, recibieron la ciudadanía
que transmitieron a Pablo (Hch 25,11-12). Sabemos también
que tenía una hermana y un sobrino (Hch 23,16). Pablo
crece en la ciudad de Tarso (Hch 9,11,30; 11,25; 21,39; 22,3),
capital de Cecilia, actualmente en Turquía.
Esta ciudad era grande
y rica. Ubicada sobre una de los caminos más frecuentados
del mundo antiguo, la puerta hacia el Asia menor, era muy renombrada
por la calidad de sus linos. Ésta podría ser una
de las razones por la cual Pablo aprendió a construir
tiendas. Tarso tenía una administración propia,
con sus magistrados elegidos y su moneda. La presencia hebraica
durante todo el primer siglo d.c. está bien certificada.
La ciudad se opone a Casio, asesino de Julio Cesar, en el 66
a.C. Marco Antonio la recompensará haciendo de Tarso
una ciudad libre y no sometida a los impuestos.
Esta ciudad también
es muy conocida como un centro importante para la educación
y la filosofía. Strabone, en su Geografía
(14.5.14), subraya que, por la educación, Tarso supera
a Atenas, Alejandría y cualquier otro lugar. Subraya
la excelencia de sus escuelas de retórica. Los filósofos
estóicos la habían hecho su demora predilecta,
y no era raro cruzar uno de ellos que exponía por la
calle su doctrina. San Pablo recibe esta cultura en su educación.
Sus cartas, a menudo, están construídas con la
ayuda de lugares comunes, de argumentos extraídos de
la cultura filosófica y dramática de su tiempo.
Los elementos más
seguros de la biografía de Pablo son su encuentro con
Cristo alrededor del año 32 y la prisión en Roma
en el 60-62. Habría sido martirizado en Roma entre el
63 y el 67. Algunos puntos es imposible determinarlos con precisión,
por ejemplo el número de viajes realizados. Las hipótesis
varían entre 2 y 4, pero 3 abona la hipótesis
mas verosímil. Las grandes etapas de su vida son su formación
en Jerusalén en el Gamaliel (Hch 22,3), la persecución
de los cristianos en los años siguientes, su encuentro
con Cristo en el camino de Damasco al inicio de los años
30, el encuentro con los apóstoles en Jerusalén
y la misión hacia los paganos, su muerte en Roma.
El
hebreo Pablo
Pablo habla de sí en varias ocasiones,
permitiéndonos comprender quien era. Nos da noticias
importantes en Fil 3,5-6: "Circuncidado el octavo día;
del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo
e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo”. Ha sido
circuncidado el octavo día. Esto testifica la excelencia
de su origen: Pablo ha sido circuncidado dentro de los límites
establecidos por la ley de Moisés en Lev 12,3. "Israelita”
es una expresión técnica que subraya la pertenencia
religiosa. "De la tríbu de Benjamín”.
Esta pertenencia es fuente de honor en el judaísmo por
diferentes razones. Benjamín es hijo de Raquel, la mujer
preferida de Jacob, el único nacido en Tierra Prometida
(Gen 35,16-18). Esta tribu ha dado el primer rey a Israel (1S
9,1-2) y ha permanecido fiel a la dinastía de David (I
R 12,21). Junto a la tribu de Juda, es el primer grupo en reconstruir
el templo luego el exilio (Esd 4,1). Por lo tanto era un honor
pertenecer a la misma tribu. "Hebreo de hebreos”,
es decir de una familia que hoy llamaríamos "practicante”,
que observa la ley de Moisés y habla arameo. De este
modo, estos versos nos muestran un hebreo perfecto.
Pablo se presenta también como fariseo.
Estos eran conocidos por su apego a la ley de Moisés,
pero también a la ley oral. Esta ley oral será
puesta por escrito desde el segundo siglo y será reconocida
como Talmud. Flavio Josefo, un histórico hebreo
al servicio de los Romanos, escribió: "Los fariseos
han impuesto al pueblo muchas leyes de la tradición de
los padres que no han escrito en la ley de Moisés”
(Antiquités Juives, 13.297). Encontramos esta
idea epistolar del Apóstol cuando afirma ser un fanático
"en defender las tradiciones de los padres” (Gal
1,14). Las leyes relativas a la alimentación, la cashroute,
tenían para ellos un sentido importante. Definen
simbólicamente el pueblo elegido como separado del resto
de la humanidad. La nueva fe, en el interior del mismo judaísmo,
ponía completamente en causa esta distinción.
Esto era inaceptable para un fariseo convencido como Pablo.
Negar esta ley y afirmar que la salvación era abierta
a todos quería decir poner Israel en peligro de muerte.
De todos modos, esta descripción no tiene
que hacernos pensar a un hombre cerrado en su cultura religiosa.
Hemos visto en qué contexto Pablo había crecido
en Tarso. La lectura de las epístolas de Pablo nos confirma
que está formado no sólo en la Sinagoga,
sino también en un ambiente griego. Su conocimiento de
la retórica griega y de las menciones o las referencias
a los autores clásicos muestran que ha estudiado estos
argumentos al menos hasta la edad de 13-14 años. Fue
a Jerusalén para estudiar la tradición de sus
padres en el Gamaliel. Los mismos rabinos, en aquella época,
no dudaban en hacer leer a sus estudiantes los autores griegos.
Por lo tanto, el universo cultural e intelectual de Pablo es
muy amplio.
Conversión
y Misión
¿Una
conversión?
Vocación misionera y "conversión”
están íntimamente enlazados en San Pablo. Por esta razón,
es interesante estudiar la naturaleza de esta transformación
espiritual para comprender mejor su vocación misionera.
Pablo habla poco de este evento en sus epístolas.
Los principales textos son 1 Co 15, 1-11, 1,13-17 e Flp 3,2-14,
pero son mezquinos detalles históricos. El Apóstol
desarrolla sobre todo su sentido profundo. Habla de una experiencia
que ha transformado completamente su existencia, pero no la
entiende como un evento aislado, sino más bien, ha sido
llamado a esto desde el seno materno (Ga 1,15). Por lo tanto
no se puede leer este encuentro con Cristo sin tener en cuenta
la totalidad de su existencia.
Entonces, ¿cuál es el sentido de
este evento? Cuando se habla de conversión, sería
insensato interpretar este término como el pasaje de
una religión a otra. De hecho, Pablo no considera que
haya pasado de una religión a otra. Asimismo es necesario
evidenciar que la ruptura entre judaísmo y cristianismo
a la época no era efectiva. Se trata de una conversión
en el sentido profundo del término, una apertura al corazón
de Dios, la irrupción de la gracia y la transformación
de la persona.
Pablo comenta su encuentro con Cristo de este
modo: "Mas, cuando Aquel que me separó desde el
seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien
revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre
los gentiles” (Ga 1,15-16). El Apóstol percibe
esta perturbación interior como el fruto de una larga
maduración comenzada desde el inicio de su existencia:
No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que
continuó su carrera por si conseguía alcanzarlo,
habiendo sido él mismo alcanzado por Cristo Jesús
(Flp 3,12). En sus epístolas, Pablo insiste sobre la
iniciativa divina. Todo cambia en aquel momento.
Esta conversión equivale a un nuevo nacimiento.
Aquel evento trae una novedad radical. Pablo había quedado
ciego por la revelación de Cristo. El bautismo le restituye
la vista (Hch 9,18), un símbolo muy fuerte. El hombre
viejo no puede ver mucho cuando no ha nacido a una nueva vida.
Es un mundo nuevo que se revela al apóstol. Todo el pensamiento
de Pablo se basa en esta experiencia. No es una simple visión
de Cristo. Es la revelación de la transformación
profunda del mundo realizada por Cristo resucitado. Pablo insiste
en sus escritos sobre la distinción entre el viejo mundo
y el nuevo mundo. Ha vivido esta diferencia en su carne.
Él utiliza dos expresiones para describir
lo que ha sucedido: el Apóstol "ha visto”
a Cristo (1 Co 9,1; 15,8) y ha conocido una revelación;
(Ga 1,16; 2,2; Ef 3,3) un término que utiliza varias
veces (Rm 16,25; 1 Co 1,7; 2 Co 12,1,7, si bien este elenco
no es exhaustivo). Cada uno de estos dos términos
describe un acción divina. Cristo se hace ver más
de cuanto sea visto. Los verbos empleados cuando Pablo habla
de esta visión están en la forma pasiva. Dios
se revela al hombre; es una comunicación del misterio
divino. No es sin razón que en Ef 1,17 Pablo habla del
"Espíritu de sabiduría y de revelación”,
fuente del conocimiento del misterio de Dios para los cristianos.
El
misionero
Esta revelación no encuentra su razón
de ser en sí misma. Pablo comenta que tal revelación
le ha sido donada "para que anunciase (el misterio de
Cristo) en medio a los paganos”. La revelación
lo destina a ser misionero, pero esta misión es interpretada
sobre el modelo de la vocación del profeta. Ga 1,15-16
está construído con dos referencias a las vocaciones
de los profetas Isaías (Is 49.1) y Jeremías (Jer
1,5). Pablo comprende su vocación misionera para las
naciones como una continuación de la misión de
los profetas y, más específicamente, del siervo
del Señor como viene descripto en Isaías. El misionero
es el mensajero que cumple la misión del siervo del Señor
expresada en Is 40-55. Igualmente, en Corintio Pablo tiene una
visión en la cual se le dice: "No tengas miedo,
sigue hablando y no te calles; porque yo estoy contigo y nadie
te atacará para hacerte mal, porque tengo yo un pueblo
numeroso en esta ciudad” (Hch 18,9-10). Leemos en Is 41,10:
"No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy
tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido
con mi diestra justiciera”. Pablo tiene que cumplir en
Corintio la obra del siervo de Dios.
La mayor parte de estos textos se refieren a Isaías,
y particularmente a la figura del siervo de Yahvé. La
primera catequesis cristiana ha reconocido en este personaje
misterioso una profecía de Cristo. Será suficiente
recordar el diálogo entre el eunuco etíope y Felipe
en el camino de Gaza (Hch 8,30-35). Consecuentemente Pablo,
aplicando a sí la profecía del siervo, concibe
su misión como una continuación de la misión
de Cristo. Esta identificación del predicador con su
Señor tiene que comprenderse en un sentido dinámico
y no estático. Encontramos aquí un punto fundamental
de la teología de Pablo: la identificación con
Cristo comienza en el bautismo y se realiza durante toda la
existencia cristiana. Ser "alcanzado” por Cristo
(Flp 3,12), conducido a esta transformación íntima
de la persona. Esto se verifica particularmente en el caso del
Apóstol.
La auto-justificación de Pablo de frente
a las críticas es muy rica en enseñanzas (2 Co
4,7-15). Pablo se ve obligado a justificar la calidad de Apóstol
de frente a los misioneros judeo-cristianos, poco preocupados
por respetarla: "Pero llevamos este tesoro en recipientes
de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria
es de Dios y no de nosotros”. Este versículo enuncia
la tesis que luego demuestra en los versículos siguientes:
la fragilidad del Apóstol en su apostolado, viviendo
en medio de las persecuciones, no es un signo de debilidad,
sino la condición necesaria para que el tesoro que lleva,
el conocimiento de Cristo, pueda manifestarse y la comunidad
cristiana pueda recibir la vida del Resucitado. Los versículos
10 y 11 ilustran la identificación de sus sufrimientos
con aquellos de Cristo. Pablo afirma: estamos "entregados
a la muerte por causa de Jesús”. Ahora bien, la
expresión "estar entregados” está
utilizada habitualmente ya sea por Pablo que por los evangelistas
para indicar la Pasión de Cristo. Él prosigue
en esta identificación en el versículo 14, cuando
afirma que resucitará con Jesús. Por lo tanto,
su misión consiste en dar su vida como Cristo "Llevamos
siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús”
(2 Co 4,10). Este versículo sugiere que la muerte que
obra en el predicador es fuente de vida para la comunidad
igual que la muerte de Cristo es el manantial para nuestras
vidas. Por su ministerio de Apóstol, Él hace presente
el sacrificio redentor de Cristo: "Llevamos siempre en
nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús,
a fin de que también la vida de Jesús se manifieste
en nuestro cuerpo”. Eh aquí la esencia eucarística
de cada vida misionera.
Para
las naciones
La universalidad es una de las características
esenciales de la misión de Pablo. Es la consecuencia
directa de la naturaleza de la nueva fe. Él tiene que
anunciar el Evangelio a los paganos. Esta afirmación
de Ga 1,16 está confirmada ampliamente por la promesa
de asistencia que encontramos en Hch 26,17: «Yo
te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales
yo te envío». Pablo será para los hebreos
y paganos un testimonio del Resucitado, enviado por el Señor
de la Exaltación que, como los 12, ha visto personalmente.
Otra narración de la visión constituye el fundamento
de esta misión en medio de los paganos. Hch 22,17-21
habla de una visión ambientada en el templo. Pablo tiene
que ir al encuentro de las «naciones». Esto puede
referirse ya sea a los no hebreos como a los pueblos que residen
en Jerusalén: la universalidad de la Salvación.
Cristo ha dado su vida para muchos y quiere que cada hombre
sea salvado. Su caridad, que arde en el corazón del Apóstol,
lo conducirá hasta España (Rm 15,24), el extremo
conocido por el mundo de aquel tiempo.
Misión
e Iglesia
Pablo se dice «Apóstol»,
también se hace parte de los doce. Este sustantivo viene
de un verbo griego que significa «enviar lejos o afuera».
El derecho de Pablo a llevar este título, que reclama
frecuentemente, se apoya en el hecho que ha sido mandado por
Cristo resucitado para predicar (1 Co 1,17), para revelar a
los Gentiles el misterio de Cristo (Ga 1,16; Ef 3,8), y es muy
consciente del honor que se le ha hecho: «Pues yo soy
el último de los apóstoles: indigno del nombre
de apóstol, por haber perseguido a la iglesia de Dios»
(1 Co 1,9). Para ser Apóstol, era absolutamente necesario
ser enviados; el sólo hecho de haber visto el Cristo
no era suficiente. En 1 Co 15,5-7, Pablo opone los «quinientos
hermanos» a «todos los apóstoles» (estos
últimos, a su vez, distintos de los doce). La diferencia
entre estos dos grupos está en el hecho que a los primeros
no se les ha encargado una misión.
Esta precisión semántica introduce
la cuestión de la Iglesia. Pablo, habiendo sido mandado
directamente por Cristo, según su afirmación,
¿puede existir una misión fuera de la Iglesia?
Notamos en diferentes narraciones de su vocación, ya
sea en las epístolas como en los Hechos, que la Iglesia
nunca está ausente. De este modo Pablo a menudo repite
que su misión no ha sido un encargo eclesiástico,
sino un verdadero carisma divino. Constatamos también
que es la mediación de la Iglesia la que certifica la
autenticidad de su vocación. Pablo va a encontrar a Pedro
para no caer en la ilusión de haber corrido en vano (Ga
2,2). En Hch 9,10-18, vemos que el envío a la misión
le ha sido manifestado por Ananías y no directamente
por Cristo. La mediación de Ananías no tenía
el objetivo de presentarle una doctrina nueva, sino de ayudar
a Pablo a comprender su investidura apostólica a la luz
de la tradición eclesiástica. Esto está
confirmado por diferentes reenvíos a la tradición
eclesiástica en las epístolas de Pablo (1 Co 11,2;
11,23; 15,1). Además, Pablo tendrá la constante
preocupación de ser enviado por la comunidad. Esto se
verifica al comienzo de su obra misionera, cuando partía
de Antioquía (Hch 13,1-13), pero también hasta
el final de su vida. Pablo escribirá a la comunidad de
Roma, también para pedir el sostén y el reconocimiento
de su misión (Rm 15,24). No hay ninguna contradicción
entre su misión y la tradición eclesiástica.
La
misión de Pablo
Hemos visto el origen de la misión y su
sentido para Pablo. Desarrollamos ahora los aspectos concretos
de esta misión. ¿Tenía una estrategia?
¿Cómo se movía? ¿Cómo comunicaba?
Se trata de preguntas que interesan directamente a cada persona
comprometida en el anuncio del Evangelio.
Guiado
por el Espíritu
En un primer momento Pablo se dirige a los hebreos
y luego a los paganos, pero sabe que tiene que dirigirse también
a los no hebreos. Pablo era misionero para los dos pueblos (Rm
1,16). El plan estratégico de Pablo era simple: quería,
en vista del cumplimiento de su encargo, anunciar a los paganos
el Evangelio, particularmente en los lugares en donde nunca
se lo había anunciado (Ga 2,7; Rm 15,14-21). Pablo iba
de ciudad en ciudad pasando por las principales vías
romanas, en Arabia, en Siria y Cilicia, en Chipre, en Asia Menor,
en Macedonia y en Acacia y, como él mismo había
previsto, en España. Pablo se somete a la voluntad de
Dios para su itinerario misionero. También se fija proyectos
para su viajes, permanece sensible a la acción del Espíritu
Santo y se deja conducir por Él (Hch 16,9), que a menudo
lo conduce a través de las persecuciones. Éstas
son la causa de numerosos desplazamientos de Pablo, desde el
momento que lo empujan a huir: Antioquía (Hch 16,9);
Iconio (14, 5-6); Listra (14,19-2); Filipos (16,19-40); Tesalónica
(17,5-9), Berea (17,13-14) ed Éfeso (20,1).
La
sinagoga, la plaza pública
La estrategia de Pablo se ha concentrado sobre
los centros urbanos, sobre los centros de la administración
romana, de cultura griega y de presencia hebraica, para que
el Evangelio se difundiese, partiendo desde las comunidades
fundadas en aquellos lugares, en el resto del país.
Cuando el Apóstol llega a una ciudad, el
primer lugar a donde se dirige es la sinagoga, en el día
del shabbat, para participar del culto. Extranjero,
está invitado por las autoridades religiosas a dar su
interpretación de la Torah. Es la oportunidad
para él de tomar la palabra y anunciar a Cristo resucitado.
Desde un punto de vista estratégico, los paganos que
adherían al Dios de Israel, los «temerosos de Dios»,
eran los mejores blancos para anunciar a los paganos. Anunciando
el Evangelio en las sinagogas, estas personas quedaban tocadas
por Pablo. La referencia a la sinagoga permanece una constante
en la vida de Pablo. También al final de su vida, llegando
a Roma, invita a los hebreos que vayan a escucharlo (Hch 28).
Respecto al ambiente pagano, la narración
de la predicación sobre el Ágora de Atenas (Hch
17, 16-34) nos permite suponer que Pablo fuese a menudo en aquellos
lugares de la vida pública para predicar. No dudaba aprovechar
de todas las oportunidades posibles para anunciar el Evangelio
de Cristo, incluso en la prisión (Hch 16,25-34), como
se puede ver en la bellísima narración de la conversión
de una familia entera.
Las
casas privadas
Otro lugar esencial para la misión está
representado por las casas privadas. La vida de las primeras
comunidades cristianas está íntimamente vinculada
a la casa. Ésta comprende al mismo tiempo la familia
y sus íntimos (servidores y esclavos). Este lugar es
contemporaneamente el punto de referencia, el lugar en el cual
la comunidad se reúne para la asamblea dominical, pero
también la base de apoyo para el misionero. Nada de nuevo
para los creyentes crecidos en el judaísmo, desde el
momento que estos desde siempre tenían la costumbre de
reunirse en lugares privados. La casa privada también
tiene sus ventajas. La celebración de la Eucaristía
era seguida y presidida por una comida en común. Este
lugar aseguraba también una cierta discreción,
que pronto se habría vuelto necesaria para huir de la
persecución romana o del odio de la sinagoga.
Es interesante notar que Pablo invita a la esposa
de un pagano a no dejar al marido (1 Co 7, 13-14). Esto es más
interesante si se tiene presente que la casa era el lugar del
culto familiar. Los dioses de los paganos tenían su altar.
El pater familias era absolutamente libre de ir a los
templos paganos para rezar o ejercitar una función sacerdotal.
También era libre de frecuentar regularmente las casas
de prostitución, un comportamiento muy frecuente en aquella
época. En numerosas ocasiones se asiste a la conversión
de una familia entera: las familias de Lidia y de la guardia
de la prisión en Filipos (Hch 16, 14-15.32-34), las familias
de Chipre y de Estéfanas en Corintio (Hch 18,8; 1 Co
1,16; 16,15). Los estudios arquitectónicos muestran que
se podía, según las dimensiones de la casa, acoger
entre 20 y 100 personas.
Los
que escuchaban a Pablo
Pablo se dirigía a todas las clases sociales.
Si bien los corintios eran personas de condición
social muy baja, y los nombres indicados en Rm 16 también
los reenvía a una condición social humilde, Lucas
a menudo afirma que Pablo ha estado en contacto con personas
que pertenecen a clases más altas de la sociedad:
Lidia, la comerciante de púrpura, pero también
algunas mujeres de la alta sociedad en Tesalónica y en
Berea (Hch 17, 4.12), como así también muchos
asiarcas (Hch 19,31). Estos últimos están descriptos
como amigos de Pablo. Es probable, por lo tanto, que sean fruto
de su predicación. Hch 13,7 nos trae el ejemplo de Sergio
Paulo, procónsul en Pafo.
El encuentro con el procónsul Festo y con
el rey Agripa es interesante, porque Pablo nos muestra que se
dirige a personajes por encima de la clase social. De frente
a Festo que lo acusa de ser loco, Pablo responde haciendo un
llamamiento al rey Agripa que cree en los profetas (Hch 26,
27), y concluye expresando el deseo que, antes o después,
todos los oyentes se vuelvan semejantes a él, es decir,
creyentes (Hch 26,29). Este pasaje de un discurso a un discurso
misionero muestra no sólo la valentía de Pablo,
sino también que la misión es siempre posible
entre los hebreos.
Según 2 Ti 4,16-17, Pablo ha proclamado
el Evangelio también durante su juicio romano: «En
mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos
me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor
me asistió y me dió fuerzas para que, por mi medio,
se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles.
Y fuí librado de la boca del león».
Estos contactos y las conversiones en estos ambientes
permiten obtener apoyos políticos, pero también
haber accedido a lugares suficientemente extendidos en donde
encontrarse, y constituye una prueba del hecho que el Evangelio
toca a todas las clases sociales. Sin embargo, en estos textos
nada indica que Pablo tuviese una estrategia específica
para estos ambientes.
Duración
de las misiones ciudadanas
Una lectura rápida de los Hechos de los
Apóstoles o de las lecturas paulinas podría dar
la impresión que Pablo pasase de ciudad en ciudad sin
permanecer mucho. Al contrario. Sus misiones se extendían
por varios meses o varios años. Para la misión
en Siria (Antioquía) Hch 11,26 habla de un año.
La misión en Macedonia y Acaia dura tres años,
desde el 49 al 51. Pablo funda en aquella época cuatro
comunidades: Filipos, Tesalónica, Berea y Corinto. Pablo
pasa un año y medio (Hch 18,11) en Corinto (desde febrero-marzo
50 al septiembre del 52). La misión de Asia, entre el
52 y el 55, se concentra en Éfeso, en donde Pablo trabaja
por tres años (Hch 20,31): enseña tres meses en
la sinagoga (Hch 19,8), dos años en la escuela de Tirano,
y también un tiempo suplementario no precisado (Hch 19,22).
EL misionero sabe que tiene que pasar del tiempo con las personas
para trasmitirles la fe.
¿Cómo
comunica Pablo?
La fecundidad del Apóstol podría
volvernos envidiosos! Una lectura profunda de sus epístolas
y de los Hechos de los Apóstoles nos revela la razón
de este extraordinario destino. El Apóstol, lo hemos
visto, es una vasija de barro, frágil y débil.
Pero está habitado por la potencia de Dios, del Espíritu
Santo. Esta acción del Espíritu, Pablo busca con
todos los medios de facilitarla. Será el primer punto
que presentaremos. Pablo hace todo por el Evangelio y por medio
del Evangelio. Este anuncio del Evangelio hecho esencialmente
a través de dos medios: la predicación y el ejercicio
de los carismas.
Todo
por el Evangelio y a través del Evangelio
La condición primaria para el ejercicio
de la misión, según el Apóstol, es la coherencia
de vida. Su misma vida tiene que ser una proclamación
del Evangelio. Él de ninguna manera tiene que ser un
obstáculo para esta proclamación. Pablo exprime
este concepto a través de un aspecto particular. No quiere
depender de las comunidades que visita y a las que anuncia el
Evangelio, pero al mismo tiempo reconoce al predicador el derecho
de vivir de su predicación. 1 Co 9 nos presenta una reflexión
muy bella del Apóstol sobre este punto. Éste de
hecho renuncia, a pesar de tener el derecho a gozar del fruto
de su trabajo, de aprovechar de su responsabilidad. La razón
fundamental es esta: «Todo lo soportamos para no crear
obstáculos al Evangelio de Cristo» (1 Co 9,12).
Esta elección de Pablo efectivamente se presenta como
una necesidad: ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!
(1 Co 9,16). La iniciativa no le toca a él. Su recompensa
está en el mismo hecho de predicar el Evangelio. Por
esto se hace todo por todos!
La única comunidad de la cual aceptará
un sostén financiero directo es la de Filipos. Mientras
Pablo estaba en la prisión, esta comunidad le envía
un don muy necesario en aquel período de desolación
en el cual el trabajo le era imposible. Los prisioneros a menudo
no comían más que aquello que sus familiares y
sus amigaos les llevaban! En prisión, Pablo no podía
continuar fabricando tiendas.
La
predicación
Pablo es un maestro de predicación. Una
lectura veloz de sus lecturas podría hacernos pensar
que hablase directamente, sin una preparación particular,
«inspirado» por el Espíritu, por lo tanto
en contraste con los predicadores sofistas de la época,
con amplios discursos a menudo vacíos. Justo al revés.
1 Co 2,1-5 nos revela los mecanismos fundamentales de su predicación.
Cierto, Pablo se opone a esta retórica vacía,
en busca de una brillante visibilidad, muy en voga en aquella
época, pero viene de una buena escuela y conoce bien
cuál eficacia otorga a un discurso una buena aplicación
de reglas fundamentales de la retórica griega. Él
coloca estos conocimientos al servicio del Evangelio. Este pasaje
de 1 Co 2 nos da una enseñanza preciosa que conviene
examinar con atención.
Sólo una crítica aparente del arte
del discurso, Pablo desarrolla una teología de la predicación.
El Apóstol recuerda sobre todo que su misión es
la proclamación de Jesús como mesías, pero
un mesías crucificado. Esta proclamación de la
muerte del Señor es central. Aquellos que participan
de la mesa del Señor proclaman su muerte (1 Co 11,26),
la palabra de Dios se proclama en las sinagogas (Hch 13,5).
Él dice a la Iglesia de Roma que la fama de su fe se
expande en todo el mundo (Rm 1,8). El aspecto que viene subrayado
es la presentación en el campo público. No se
lo tiene que entender necesariamente como una proclamación
en público, en ambientes o en edificios públicos.
Esto habría obligado a Pablo a asumir el estatuto de
orador público, lo cual habría dañado su
posición en Corintio. Pero la proclamación permanece
pública, es decir, que no comunica una enseñanza
esotérica a un grupo de iniciados, más bien narra
eventos a todos aquello que lo quieren escuchar.
Pablo rechaza usar, como hacen los predicadores
de la época, lo que gusta al auditorio pero que les impediría
comprender el Evangelio. Renuncia a predicar con el fin de obtener
un efecto, en el sentido de hacer una especie de desfile delante
de un auditorio que ha sido seducido. Esta proclamación
es el anuncio del misterio de la Cruz. Sólo quiere presumir
de la Cruz del Señor. Aquí está todo el
contenido de su mensaje, el resto es solamente comentario. Él
mismo encarna esta realidad. El Cristo Crucificado vive en él
(Ga 2,20)
Afirma haber predicado todo temeroso y tembloroso,
lo que nos sorprende, por la fuerza de carácter que se
ve en sus cartas. En efecto, estos dos términos forman
una expresión particular que viene del Antiguo Testamento.
Se usa habitualmente para designar la actitud de aquel que tiene
que enfrentar un enemigo hostil o un asalto mortal (Es 15,16;
Dt 2,25; Jdt 2,28; Sal 54,6; Is 19,16). La predicación
es una batalla. Esta debilidad en medio de los corintios no
era por lo tanto cualquier enfermedad. Es el contexto en el
que se revela la potencia de Dios. Esto se verifica en 1 Co
1,27 y en 2 Co 12,9 («mi gracia te basta»). Esta
actitud contrasta totalmente con la actitud demasiado confiada
de los sofistas. Pablo no es precisamente un orador que viene
a divertir a la multitud.
Esa conciencia del carácter particular
de la predicación está explicitada en los versículos
4 y 5 a través de un conjunto de juegos de palabras sutiles.
Muchos de los términos utilizados por Pablo tienen un
doble sentido que nuestras traducciones no son capaces de dar
el significado que tienen. Utiliza palabras que tienen un sentido
en el vocabulario religioso, pero también un sentido
técnico en la retórica. El Espíritu Santo
está presentado como aquel que persuade los corazones.
Esta frase atribuye al Espíritu Santo el poder de persuasión.
Él es el rétor! El resultado de esta "demostración”
(término técnico de la retórica) no es
una simple prueba, una convicción, sino la fe, y todos
estos conceptos se expresan a través de la misma palabra
griega que se traduce con "fe” en nuestras bíblias!
La ironía es grande. La potencia del Espíritu
contrasta con la debilidad de Pablo y el poder demostrativo
del Espíritu contrasta con el poder persuasivo de palabras
que pertenecen a la sabiduría humana.
Más allá del contexto histórico
que determina en parte el discurso del Apóstol, podemos
destacar algunos elementos importantes para el anuncio del Evangelio.
El mensaje se concentra sobre el misterio de la Cruz, es decir
sobre la salvación. El medio tiene que estar subordinado
a su contenido, o mejor, tiene que favorecer su visibilidad.
El fruto del anuncio es la fe, no una forma de persuasión.
La fe en Pablo está caracterizada por la obediencia (Cf.
Rm 1,18). Es adhesión que se revela con el verdadero
locutor, más allá de la persona del misionero.
Éste tiene el deber de actuar con "temor y temblor”.
Esto significa, al mismo tiempo. que se trata de una situación
precaria, de una lucha, pero también que tiene que ser
consciente que se trata de una acción divina. El trabajo
misionero, por lo tanto, es una obra eminentemente teologal.
La fineza de la composición del pasaje que sabe utilizar
todos los artificios de la retórica muestra que esto
no significa pobreza de lenguaje o ingenuidad, más bien
el contrario. Todos los medios ofrecidos por el lenguaje para
trasmitir este mensaje son utilizados.
Los
carismas y los milagros
La cuestión de los carismas y de los milagros
no tiene que ser ni subestimada ni exaltada. Los Hecho de los
Apóstoles nos permiten tomar consciencia que los milagros
no son la principal causa de la evangelización, pero
al mismo tiempo contribuyen activamente. Cuando las multitudes
se convierten, esto no se debe a los milagros, sino en primer
lugar a la palabra de la predicación. También
sucede que ciertos milagros no se los entiende y se vuelven
fuente de confusión. Es suficiente recordar la curación
de un paralítico en Listra en Hch 14. Los habitantes
de la ciudad habían pensado, en un primer momento, que
Pablo y Barnaba fuesen los dioses Zeus y Ermes! Después
de este evento, se nos dice que Pablo es lapidado, a consecuencia
del hecho que las multitudes habían sido persuadidas
por un grupo de hebreos provenientes de Iconio y de Antioquía
(Hch 14,19). En Hch 16,18, la liberación de una esclava
poseída por un espíritu adivino provoca la cólera
de sus patrones, que viven de este su "don”. En
fin, Hch 28, Pablo, mordido por un serpiente, no muere. Los
testigos no se convierten, pero se miran a los unos los otros
como para decir que Pablo era un dios (también ellos!)
Sin embargo, los milagros y los carismas no tienen
que ser subestimados y considerados como inexistentes o inútiles.
Toda la historia del anuncio del Evangelio está constelada
por estos dones del Espíritu Santo que, en una forma
ordinaria o extraordinaria, llevan a los no creyentes a la fe.
Para convencerse, será suficiente leer el discurso sobre
los carismas en 1 Co 12-14. La palabra profética, la
palabra inspirada pronunciada en la asamblea reunida en oración,
es causa directa de la conversión del no creyente.
Pablo, en sus cartas, habla poco de los milagros,
con la excepción de este discurso sobre los carismas
en 1 Co 12-14 y probablemente en 1 Co 2,4, en donde de nuevo
evoca una demostración de la potencia del Espíritu,
una posible alusión a los milagros. Son únicamente
los Hechos de los Apóstoles que atestiguan su realidad.
Ahora bien, es necesario reconocer que estos, a pesar que a
veces son mal entendidos por los testimonios, son a menudo la
fuente de conversiones. La curación del paralítico
de Lida y la resurrección de Tabitá en Jope (Hch
9,32-43), la liberación milagrosa de Pablo y Sila
(Hch 16,25-34). Hch 14,3 resulta particularmente interesante.
Pablo y Bernabé evangelizan Iconio. Se dice que esos
«hablablan con valentía del Señor que daba
testimonio de la predicación de su gracia, concediéndoles
obrar por sus manos signos y prodigios».
Conclusión
Pablo ha sido considerado, erroneamente, como
el fundador del cristianismo, en cuanto su obra misionera ha
caracterizado fuertemente el primer desarrollo de la fe. No
es sin razón, por lo tanto, que se lo puede presentar
como el modelo por excelencia de cada misionero. La característica
principal que hay que imitar en él es ciertamente su
vínculo con Cristo: «lo que cuenta es poner en
el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra
identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por
la comunión con Cristo y con su palabra» (Benedicto
XVI, Audiencia del 25 octubre de 2006).
La segunda característica es su visión
de la misión como obra del Espíritu Santo, en
concomitanza con la conciencia de su pobreza personal. El Apóstol
tiene que estar unido a Cristo, pero a Cristo Crucificado. La
fuerza del Apóstol es su debilidad, que permite al Espíritu
Santo desplegar toda su potencia. Esta disponibilidad en relación
con el Espíritu es la condición de la fecundidad
apostólica.
La tercera característica importante es
su percepción del carácter universal de la salvación.
Pablo es el hombre de la universalidad. En un mundo marcado
por las divisiones y las barreras entre los pueblos y las culturas,
ha comprendido que el mensaje de Cristo estaba destinado a cada
hombre independientemente de su pertenencia cultural o religiosa,
de su nacionalidad, de su condición social. Ha comprendido
que «Dios es el Dios de todos» (Benedicto XVI, Audiencia
del 25 octubre de 2006).
En fin, la centralidad de la Iglesia, Cuerpo de
Cristo, es indudablemente la última lección que
hay que extraer de este ejemplo. Pablo siempre ha considerado
tener que cumplir su misión en la Iglesia y a través
de la Iglesia. Se trata de trabajar para la edificación
del cuerpo de Cristo. Que se trate de su encuentro con Pedro,
por estar seguro de no haber corrido en vano, o de su pedido
de sostén a la comunidad de Roma, Pablo sabe que cada
obra misionera tiene que ser fruto del vínculo con la
Iglesia.
Apéndice
La
enseñanza del Papa Benedicto XVI sobre el Apóstol
San Pablo
Papa Benedicto XVI ha retomado o presentado en varias ocasiones
la figura del Apóstol de las Naciones durantes su Pontificado.
Desde el inicio, el 25 de abril de 2005, el Santo P adre ha
querido ir al sepulcro de San Pablo para «reavivar en
la fe esta «gracia del apostolado».
El Apóstol es comprendido sobre todo como
aquel que, por excelencia, ha trabajado en anunciar el Evangelio
a las naciones. Si la primer tarea de la Iglesia es la misión,
el sucesor de Pedro quería comenzar su ministerio con
un peregrinaje «a las raíces de la misión»
. (Visita a la Basílica de San Pablo extramuros,
25 aprile 2005).
El Papa a menudo se referirá a la figura
de Pablo en ocasión de la fiesta de los Santos Apóstoles
Pedro y Pablo y en ocasión de la celebración de
las vísperas en la solemnidad de la Conversión
del Apóstol Pablo en San Pablo Extramuros, como conclusión
de la Semana de oración por la unidad de los Cristianos.
Desarrollará particularmente la figura y la teología
del Apóstol durante las audiencias públicas de
los miércoles, en los días 25 de octubre, 8, 15,
22 de noviembre de 2006, y en fin, en la época del anuncio
del Año Paulino lo presentará como modelo para
contemplar e imitar.
La persona de Pablo es el corazón de la
contemplación del Santo Padre. Él subraya la radicalidad
del encuentro con Cristo y cómo la revelación
sobre el camino de Damasco constituye la fuente de toda la teología
del Apóstol. «Pablo comprendió en un instante
lo que después expresaría en sus escritos:
que la Iglesia forma un solo cuerpo, cuya cabeza es Cristo.
Así, de perseguidor de los cristianos se convirtió
en el Apóstol de las gentes». (Celebración
de las Vísperas en la Basílica de San pablo, 25
de enero de 2006).
Papa Benedicto XVI subraya la conciencia apostólica
de Pablo. Él sabe haber sido enviado luego de una elección
divina. Esta elección divina, manifestación de
Su amor misericordioso para el Apóstol, es la razón
de la implicación personal de Pablo en su misión.
Este don de sí es la principal causa de fecundidad de
su apostolado (Celebración de las primeras Vísperas,
28 de junio de 2007). La vida del Apóstol Pablo, del
cual el Santo Padre describe las grandes etapas en la audiencia
pública del 25 de octubre de 2006, se distingue por la
centralidad de la persona de Cristo en ella y por el respiro
universal que caracteriza el apostolado de Pablo. De este modo
él ha podido enfrentar las numerosas dificultades de
sus viajes, porque ardía de amor de Cristo y por Cristo
(2 Co 5,14-15). El martirio aparece entonces como una consecuencia
lógica, la expresión extrema de un amor total
que conduce a la identificación con el Divino Maestro,
también en la muerte.
El mensaje de Pablo, según el Santo Padre,
se distingue por su cristocentrismo (audiencia del 8 de noviembre),
por la acción del Espíritu Santo (audiencia del
15 de noviembre), en el corazón del bautizado y a través
de la teología de la Iglesia (audiencia del 22 de noviembre
de 2006).
Cristo justifica al hombre acogiéndolo
«con la justicia misericordiosa de Dios» y entrando
en una comunión profunda con él gracias al perdón
de los pecados. Es la experiencia fundamental vivida en la época
de la conversión del Apóstol. El hombre es por
lo tanto justificado por la fe. El segundo elemento que ilustra
este cristocentismo es la identidad cristiana definida como
«este no buscarse a sí, sino recibirse de Cristo
y donarse con Cristo, y de este modo participar personalmente
a la vicisitud de Cristo mismo».
La vida del Apóstol se vuelve una manifestación
de la vida de Cristo. Esto se realiza en nosotros por la vida
del Espíritu Santo, que Pablo describe como Espíritu
de Cristo. San Pablo analiza la acción del Espíritu
en la vida del cristiano: sobre su accionar y sobre su ser (audiencia
del 15 de noviembre del 2006). La filiación divina, fruto
de la presencia del Espíritu en el bautizado, aparece,
según el Papa Benedicto XVI, como el primer y principal
fruto del Espíritu: nos permite dirigirnos a Dios llamándolo
Padre, Es la presencia del amor divino en nosotros. Construye
la garancia de la herencia futura.
La Iglesia es por lo tanto el último capítulo
de la meditación del Santo Padre sobre la figura del
Apóstol Pablo. Éste «se convirtió,
al mismo tiempo, a Cristo y a su Iglesia» (Audiencia General,
22 de noviembre de 2006) Con razón, por lo tanto, la
Iglesia se encuentra luego en toda la vida del Apóstol.
Él es como un padre o una madre en sus confrontaciones.
Es el cuerpo de Cristo, realidad recibida en el cuerpo eucarístico
(1 Co 10,17). Las exhortaciones de San Pablo en favor de la
unidad y de la caridad son el fruto inmediato de su visión
teológica. La Iglesia es el lugar de la comunión
con Dios y entre los hombres. Es la asamblea de aquellos que
invocan el nombre del Señor Jesucristo.
La enseñanza del Santo Padre Benedicto
XVI sobre la figura del Apóstol realiza por lo tanto
una síntesis que permite a quien quiere entrar en la
enseñanza de San Pablo encontrarse con el autor del cual
el mismo San Pedro dirá que nos es fácil comprender.
Podría por lo tanto ser una excelente puerta para luego
analizar las lecturas del Apóstol.
FUENTE:
Dossier a cura de P. Jean Baptiste Edart - Agencia Fides 28/6/2008;
Director Luca de Mata
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