El 30 de junio de 2008,
en Roma, el Papa Benedicto XVI pronunció la homilía
del sábado por la tarde, durante las primeras vísperas
de la solemnidad de los Santos apóstoles Pedro y Pablo,
en la Basílica de San Pablo Extramuros, inauguración
del Año Paulino, con la participación del patriarca
ecuménico de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé
I.
Santidad y delegados fraternos
Señores cardenales,
Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas,
Estamos
reunidos ante la tumba de san Pablo, quien nació, hace
dos mil años, en Tarso de Cilicia, en la actual Turquía.
¿Quien era este Pablo? En el templo de Jerusalén,
frente a la multitud agitada que quería matarlo, el se
presenta a sí mismo con estas palabras: «Yo soy
judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta
ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia
de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios....
Al final de su camino dirá de sí: "yo he
sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles
en la fe y en la verdad. Maestro de los gentiles, apóstol
y pregonero de Jesucristo, así él se caracteriza
a sí mismo en una mirada retrospectiva del recorrido
de su vida. Pero con ello, la mirada no va sólo hacia
el pasado. "Maestro de los gentiles- esta palabra se abre
hacia el futuro, hacia todos los pueblos y todas las generaciones.
Pablo no es para nosotros una figura del pasado, que recordamos
con veneración. Él es también nuestro maestro,
apóstol y anunciador de Jesucristo también para
nosotros.
Por lo tanto, estamos reunidos no para reflexionar sobre una
historia pasada, irrevocablemente superada. Pablo quiere hablar
con nosotros, hoy. Por esto he querido convocar este especial
"Año paulino": para escucharlo y tomar ahora
de èl, como nuestro maestro, en la fe y la verdad, en
la cual están radicadas las razones de la unidad entre
los discípulos de Cristo. En esta perspectiva he querido
encender, para este bimilenario del nacimiento del Apóstol,
una especial "Llama paulina", que permanecerá
encendida durante todo el año, en un especial bracero
colocado en el pórtico de la basílica. Para solemnizar
esta recurrencia he inaugurado también la llamada "Puerta
Paulina", a través de la cual he entrado en la basílica
acompañado por el patriarca de Constantinopla, el cardenal
Arcipreste y por otras autoridades religiosas.
Es para mi motivo de una íntima alegría que la
apertura del Año paulino asuma un particular carácter
ecuménico por la presencia de numerosos delegados y representantes
de otras iglesias y Comunidades eclesiales, que acojo con el
corazón abierto. Saludo en primer lugar a Su santidad
el patriarca Bartolomé I y a los miembros de la delegación
que los acompaña, así como al nutrido grupo de
laicos de varias partes del mundo que han venido a Roma para
vivir con Él y con todos nosotros estos momentos de oración
y de reflexión. Saludo a los Delegados Fraternos de las
Iglesias que tienen un vínculo particular con el apóstol
Pablo- Jerusalén, Antioquia, Chipre, Grecia- y que forman
el ambiente geográfico de la vida del Apóstol
antes de su llegada a Roma. Saludo cordialmente a los Hermanos
de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales de Oriente
y de Occidente, junto a todos ustedes he querido tomar parte
de este solemne inicio del Año dedicado al Apóstol
de los gentiles.
Estamos, entonces, reunidos para interrogarnos sobre el gran
Apóstol de los gentiles. Nos preguntamos, no solo: ¿Quién
era Pablo? Nos preguntamos sobretodo: ¿Quién es
Pablo?, ¿Qué me dice? En esta hora, del inicio
del Año paulino que estamos inaugurando, quisiera elegir
de del rico testimonio del Nuevo testamento tres textos, en
los cuales aparece su fisonomía interior, lo específico
de su carácter. En la Carta a los Gálatas, él
nos ha donado una profesión de fe muy personal, en la
cual abre su corazón frente a los lectores de todos los
tiempos y revela cual es el resorte más íntimo
de su vida "Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó
y se entregó a sí mismo por mí". Todo
aquello que hace Pablo, parte de este centro. Su fe es la experiencia
del ser amado por Jesucristo de manera totalmente personal;
es la conciencia del hecho que Cristo ha enfrentado la muerte
no por algo anónimo, sino por amor a él- a Pablo-
y que, como resucitado, lo ama todavía, que Cristo se
ha donado por él. Su fe es el ser alcanzado por el amor
de Jesucristo, un amor que lo perturba hasta lo más íntimo
y lo transforma. Su fe no es una teoría, una opinión
sobre Dios o sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de
Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es
amor por Jesucristo.
Por muchos, Pablo es presentado como un hombre combativo que
sabe manejar la espada de la palabra. De hecho, sobre su camino
de apóstol no faltaron las disputas. No buscó
una armonía superficial. En su primera carta, aquella
dirigida a los tesalonicenses, el mismo dice: "tuvimos
la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas....Nunca nos presentamos, bien lo sabéis,
con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia..".
La verdad era para él demasiado grande para estar dispuesto
a sacrificarla en vista de un éxito exterior. La verdad
que había experimentado en el encuentro con el Resucitado
ameritaba para él la lucha, la persecución, el
sufrimiento. Pero lo que lo motivaba en lo más profundo,
era el ser amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a otros
este amor. Pablo era alguien capaz de amar, y todo su obrar
y sufrir se explica a partir de este centro. Los conceptos fundados
en su anuncio se comprenden únicamente en base a esto.
Tomemos solamente una de sus palabras claves: la libertad. La
experiencia del ser amado hasta el final por Cristo le había
abierto los ojos sobre la verdad y sobre el camino de la existencia
humana -esa experiencia abrazaba todo. Pablo era libre como
hombre amado por Dios que, en virtud de Dios, estaba en capacidad
de amar junto con Él. Este amor es ahora la "ley"
de su vida y justamente así es la libertad de su vida.
Él habla y actúa movido por la responsabilidad
del amor, el es libre, y dado que es uno que ama, el vive totalmente
en la responsabilidad de este amor y no toma la libertad como
pretexto para el albedrío y el egoísmo. En el
mismo espíritu Agustín ha formulado la frase luego
famosa: ama y has lo que quieras. Quien ama a Cristo como lo
ha amado pablo, puede verdaderamente hacer lo que quiere, porque
su amor está unido a la voluntad de Cristo, y por ende,
a la voluntad de Dios; porque su voluntad está anclada
en la verdad y porque su voluntad no es más que simplemente
su voluntad, arbitrio de su yo autónomo, sino que está
integrada a la libertad de Dios y de ella recibe el camino que
recorrer.
En la búsqueda de la fisonomía interior de San
Pablo, quisiera, en segundo lugar, recordar la palabra que Cristo
resucitado le dirige sobre el camino de damasco. Antes el Señor
le pregunta: «Saúl, Saúl, ¿por qué
me persigues?» El respondió: «¿Quién
eres, Señor?» Y le es dada la respuesta: «Yo
soy Jesús, a quien tú persigues".Persiguiendo
a la Iglesia, Pablo persigue al mismo Jesús. "Tu
me persigues". Jesús se identifica con la Iglesia
en un solo sujeto. En esta exclamación del resucitado,
que transformó la vida de Saúl, en el fondo está
contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
Cristo no se ha retirado en el Cielo, dejando sobre la tierra
una secuela de seguidores que llevan adelante su causa. La Iglesia
no es una asociación que quiere promover una cierta causa.
En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona
de Jesucristo, que también como Resucitado permaneció
"carne". Él tiene carne y huesos", lo
afirma en Lucas el Resucitado frente a los discípulos
que lo habían considerado un fantasma. Èl tiene
un cuerpo. Está personalmente presente en la Iglesia,
"Cabeza y Cuerpo" forman un único sujeto, diría
Agustín. "¿No sabéis que vuestros
cuerpos son miembros de Cristo?, escribe Pablo a los Corintios.
Y agrega: como según el Libro del Génesis, el
hombre y la mujer se hacen una sola carne, así Cristo
con los suyos se hace un sólo espíritu, un único
sujeto en el mundo nuevo de la resurrección. En todo
esto, se visualiza el misterio eucarístico, en el cual
Cristo dona continuamente su Cuerpo y hace de nosotros su Cuerpo:
"el pan que partimos ¿no es comunión con
el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y
un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan".
Con estas palabras se dirige a nosotros, en este momento, no
sólo Pablo, mas el Señor mismo: ¿Cómo
habéis podido lacerar mi Cuerpo? Frente al rostro de
Cristo, esta palabra se convierte al mismo tiempo en una petición
urgente: Vuelve a juntarnos de todas las divisiones. Haz que
hoy se haga nuevamente realidad: Hay un sólo pan, por
lo tanto, nosotros, a pesar de ser mucho, somos un sólo
cuerpo. Para Pablo la palabra Iglesia como Cuerpo de Cristo
no es un parangón cualquiera. Va mucho más allá
de un parangón. "¿Por qué me persigues?.
Continuamente Cristo nos atrae hacia su Cuerpo, edifica su Cuerpo
a partir del centro eucarístico, que para Pablo es el
centro de la existencia cristiana, en virtud del cual todos,
como también cada individuo puede de manera totalmente
personal experimentar: Él me ha amado y ha se ha dado
por mí.
Quisiera concluir con una palabra tardía de San Pablo,
una exhortación a Timoteo desde la prisión, frente
a la muerte. "Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio"
dice el Apóstol a su discípulo. Esta palabra,
que está al final de los caminos recorridos por el apóstol
como un testamento, nos lleva hacia atrás, al comienzo
de su misión. Mientras, después del su encuentro
con el resucitado, Pablo se encontraba ciego en su habitación
en Damasco, Anania recibió el encargo de ir donde el
perseguidor temido e imponerle las manos, para que recuperara
la vista. A la objeción de Anania que este Saúl
era un perseguidor peligroso de los cristianos, le es dada la
respuesta: Este hombre debe llevar mi nombre ante los gentiles,
los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo
lo que tendrá que padecer por mi nombre". El encargo
del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo van inseparablemente
juntas. La Llamada a ser el maestro de las gentes es al mismo
tiempo e intrínsecamente una llamada al sufrimiento en
la comunión con Cristo, que nos ha redimido mediante
su Pasión. En un mundo en el que la mentira es potente,
la verdad se paga con el sufrimiento. Quien quiere esquivar
el sufrimiento, tenerlo alejado de sí, tiene alejada
la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de la verdad
y así servidor de la de. No hay amor sin sufrimiento,
sin el sufrimiento de la renuncia de sí mismos, de la
transformación y purificación del yo por la verdadera
libertad.
Allí donde no hay nada que valga que por ello se sufra,
también la misma vida pierde su valor. La eucaristía
-el centro de nuestro ser cristianos- se funda en el sacrificio
de Jesús por nosotros, ha nacido del sufrimiento del
amor que en la Cruz encontró su culmen. Nosotros vivimos
de este amor que dona. Eso nos da la valentía y la fuerza
de sufrir con Cristo y por él, de este modo, sabiendo
que justamente así nuestra vida se hace grande, madura
y verdadera. A la luz de todas las cartas de san Pablo vemos
como en su camino de maestro de las gentes se ha cumplido la
profecía de ananay en la ora de la llamada: "Yo
le mostraré todo lo que tendrá que padecer por
mi nombre". Su sufrimiento lo hace creíble como
maestro de verdad, que no busca su propio provecho, la propia
gloria, el placer personal, mas se empeña pro Aquel que
nos ha amado y nos se ha dado a sí mismo por todos nosotros
En esta hora en la que agradecemos al Señor, porque ha
llamado a Pablo, haciéndolo luz de las gentes y maestro
de todos nosotros, oramos: Danos también hoy el testimonio
de la resurrección, tocado por tu amor y capaces de llevar
la luz del Evangelio en nuestro tiempo. San Pablo ora por nosotros.
Amen.
Fuente:
zenit.org
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