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Queridos hermanos en el Sacerdocio:
He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal"
con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis"
de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos
los párrocos del mundo, que comenzará el viernes
19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de
Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración
por la santificación del clero-. Este año desea
contribuir a promover el compromiso de renovación interior
de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico
en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá
en la misma solemnidad de 2010.
"El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús",
repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora
expresión nos da pie para reconocer con devoción
y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes,
no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad
misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad
repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a
los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose
con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con
su estilo de vida.
¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos,
su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a
nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de
tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones,
perseveran en su vocación de "amigos de Cristo",
llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?
Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer
párroco con el que comencé mi ministerio como joven
sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas
al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba
el viático a un enfermo grave. También repaso los
innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y
últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones,
comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio
sacerdotal.
Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca
también la herida abierta en el Corazón de Cristo
y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en
las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos
sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor
en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones
de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo
no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados
en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer
el supremo testimonio de la sangre?
Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas,
en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos
de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el
escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más
conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente
las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento
gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas
figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios
y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes.
En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan
María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo.
El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote,
un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor
según el Corazón de Dios, es el tesoro más
grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno
de los dones más preciosos de la misericordia divina".
Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir
toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura
humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si
se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia
dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír
su voz y se encierra en una pequeña ostia...". Explicando
a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si
desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al
Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario?
El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas
nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que
pueda terminar su peregrinación?
El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer
ante Dios, lavándola por última vez en la sangre
de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma
llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la
resucitará y le dará el descanso y la paz? También
el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo
es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en
el cielo".
Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del
santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo,
revelan la altísima consideración en que tenía
el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un
inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos
bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos:
no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la
pasión de Nuestro Señor no servirían de nada.
El sacerdote continúa la obra de la redención sobre
la tierra... ¿De qué nos serviría una casa
llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El
sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es
quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador
de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote
y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote
para sí mismo, sino para vosotros".
Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes,
advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa:
"No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá".
Bien sabía él que tendría que encarnar la
presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación:
"Dios mío, concédeme la conversión de
mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi
vida". Con esta oración comenzó su misión.
El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de
su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de
todo en la formación cristiana del pueblo que le había
sido confiado.
Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús
la gracia de aprender también nosotros el método
pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su
total identificación con el propio ministerio. En Jesús,
Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica
era y es expresión de su "Yo filial", que está
ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa
sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda
humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación.
Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio
no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar
de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia
de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro.
El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente
tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio
confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia
parroquial: "En cuanto llegó, consideró la
Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora
y no salía hasta después del Angelus de la tarde.
Si alguno tenía necesidad de él, allí lo
podía encontrar", se lee en su primera biografía.
La devota exageración del piadoso hagiógrafo no
nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también
supo "hacerse presente" en todo el territorio de su
parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a
las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales;
recogía y administraba dinero para sus obras de caridad
y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos
sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas
de la "Providence" (un Instituto que fundó) y
de sus formadoras; se interesaba por la educación de los
niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar
con él.
Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración
en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos,
con los que los presbíteros forman un único pueblo
sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial,
están puestos "para llevar a todos a la unidad del
amor: 'amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando
en la estima mutua' (Rm 12, 10)". En este contexto, hay que
tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio
Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente
y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen
como propia en la misión de la Iglesia... Deben escuchar
de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta
sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los
diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos
reconocer los signos de los tiempos".
El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre
todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían
los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer
una visita a Jesús Eucaristía. "No hay necesidad
de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura
de Ars. "Sabemos que Jesús está allí,
en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos
de su presencia. Ésta es la mejor oración".
Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos,
venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder
vivir con Él...". "Es verdad que no sois dignos,
pero lo necesitáis". Dicha educación de los
fieles en la presencia eucarística y en la comunión
era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el
Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían
que "no se podía encontrar una figura que expresase
mejor la adoración... Contemplaba la ostia con amor".
Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables
al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras
la Santa Misa es obra de Dios". Estaba convencido de que
todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la
Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es
que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena
el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!".
Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también
la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha
a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".
Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz
lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al
confesionario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca
a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar
la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia,
en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni
más fácil ni más frecuente que en nuestros
días, pues el vendaval revolucionario había arrasado
desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él
intentó por todos los medios, en la predicación
y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen
el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola
como una íntima exigencia de la presencia eucarística.
Supo iniciar así un "círculo virtuoso".
Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió
que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús,
seguros de que allí encontrarían también
a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos.
Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes
de toda Francia, lo retenía en el confesionario hasta 16
horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido
en "el gran hospital de las almas". Su primer biógrafo
afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores
se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda
sin dejarles un momento de tregua". En este mismo sentido,
el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que
vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien
va tras el pecador y lo hace volver a Él". "Este
buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por
todas partes".
Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente
a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca
de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien
a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que
mi misericordia es infinita".
Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo
una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que
nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones
pastorales, sino también el método del "diálogo
de salvación" que en él se debe entablar. El
Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente.
Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda
y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras
de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina
misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno
estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras
recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios
con una expresión de una belleza conmovedora: "El
buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis,
sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona.
¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva
incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!".
A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente,
le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria
y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro
porque vosotros no lloráis", decía. "Si
el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser
un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre
tan bueno". Provocaba el arrepentimiento en el corazón
de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos
el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado"
en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba
deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda,
le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole
la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia:
"Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar
a Dios... ¡Qué maravilla!". Y les enseñaba
a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte
tanto cuanto yo sea capaz".
El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón
y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir
el amor misericordioso del Señor. Urge también en
nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad
del Amor: "Deus caritas est" (1 Jn 4, 8). Con la Palabra
y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney
edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente
porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar
muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio
parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo,
con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre
en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico
por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente
a su propia vocación y misión con una ascesis severa:
"La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba
el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería
al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado
o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.
Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera
resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente
en favor de las almas que le habían sido confiadas y para
unirse a la expiación de tantos pecados oídos en
confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le
diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una
penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos".
Más allá de las penitencias concretas que el Cura
de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue
siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan
la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación
sin participar personalmente en el "alto precio" de
la redención.
En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura
de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se
distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo
VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo
escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los
que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es
porque dan testimonio". Para que no nos quedemos existencialmente
vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro
ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos
realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella
en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda
ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente?
¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta
palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra
vida y forma nuestro pensamiento?". Así como Jesús
llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf.
Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar,
también en nuestros días los sacerdotes están
llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el
Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles
hicieron suyo.
La identificación sin reservas con este "nuevo estilo
de vida" caracterizó la dedicación al ministerio
del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica
"Sacerdotii nostri primordia", publicada en 1959, en
el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney,
presentaba su fisonomía ascética refiriéndose
particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados
como necesarios también para los presbíteros: "Y,
si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote,
en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos
evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los
discípulos del Señor, se le presenta como el camino
real de la santificación cristiana".
El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos"
de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto,
su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se
pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los
peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de
caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus
pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence",
sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para
dar a los otros y era muy pobre para sí mismo". Y
explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar
nada". Cuando se encontraba con las manos vacías,
decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy
soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros". Así,
al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No
tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera".
También su castidad era la que se pide a un sacerdote para
su ministerio.
Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar
habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla
con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo
la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la
castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta
cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.
También la obediencia de san Juan María Vianney
quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las
exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto
le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial
y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad".
Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían
convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí
mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios.
Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido".
Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer
sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".
En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica
de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente
a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir
la nueva primavera que el Espíritu está suscitando
en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos
eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente.
"El Espíritu es multiforme en sus dones... Él
sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados
y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra
multiformidad y os quiere para el único Cuerpo". A
este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum
ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son
de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el
sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos,
tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con
alegría y fomentarlos con empeño". Dichos dones,
que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada,
pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también
a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados
y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia
en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza
y de la caridad en todos los rincones del mundo".
Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación
apostólica "Pastores dabo vobis" del Papa Juan
Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma
comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en
la comunión de los presbíteros con su Obispo. Es
necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con
el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada
en la concelebración eucarística, se traduzca en
diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y
afectiva. Sólo así los sacerdotes sabrán
vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de
hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan
los prodigios de la primera predicación del Evangelio.
El Año Paulino que está para concluir orienta nuestro
pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles,
en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente
"entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor
de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió
por todos, todos murieron" (2 Co 5, 14). Y añadía:
"Cristo murió por todos, para que los que viven, ya
no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó
por ellos" (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa
se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en
el camino de la perfección cristiana?
Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario
de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente
después de las celebraciones apenas concluidas del 150
aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959,
el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco
antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de
méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido
en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para
comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya
inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo.
En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos,
era anticipadamente una viva ilustración de las grandes
verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle.
Él mismo sentía una devoción vivísima
hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen;
él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia
a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría
había de acoger la definición dogmática de
1854". El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles
que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía
dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía,
es decir de su Santa Madre".
Confío este Año Sacerdotal a la Santísima
Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero
un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación
a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea
del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración
y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María
Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios
y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio
de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario
hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan
siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos
en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas;
pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La
fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza
el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A
ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él
y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros
de esperanza, reconciliación y paz".
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