| |
Los Obispos del Perú, reunidos en asamblea, como discípulos
y testigos de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, luz y vida
para todos, sentimos como propio cuanto sucede a cualquier ser
humano, sabiendo que todos somos hermanos, hijos de un mismo Creador
y Padre. De este modo, mirando a la actualidad de nuestra Patria
y alegrándonos con algunos logros, observamos también
hechos dolorosos a lo largo y ancho de nuestra geografía.
Sin olvidar ninguno de ellos, nos hemos detenido a observar la
ola de reclamos y protestas que, entre otras trágicas consecuencias,
llegó al extremo de cobrarse vidas humanas, como ha sucedido
recientemente en Bagua. Deploramos esa violencia y nos solidarizamos
con sus víctimas, policías y civiles. Compartimos
el dolor de sus familiares recogiendo el grito que una mujer wampis
expresó ante un obispo de la selva: "¡Nos hemos
matado entre hermanos!". Deseamos que se esclarezcan los
hechos y se proceda con justicia; al mismo tiempo hacemos un llamado
a la reconciliación y al mutuo entendimiento.
Todos tenemos algo que aportar para evitar nuevas desgracias y
mejorar la situación.
Las autoridades deben escuchar los justos reclamos de los ciudadanos
y éstos han de emplear los medios legítimos en un
Estado de derecho, por las vías del diálogo y respeto
mutuos, excluyendo la violencia que, lejos de alcanzar algún
bien, acarrea siempre peores consecuencias. Por ello, vemos con
esperanza la iniciativa de la Mesa de Diálogo entre el
Gobierno y las Comunidades Amazónicas, a la vez que urgimos
la efectiva participación de los representantes del Gobierno
en la misma.
Por nuestra parte, mientras seguimos acompañando como Pastores
a nuestros hermanos de la selva, queremos expresar una vez más
que la paz es el fruto de la justicia, y que el fin de toda actividad
humana es y ha de ser siempre el bien integral de todas y cada
una de las personas. Hacemos nuestras las palabras del Papa Benedicto
XVI en su última encíclica:
"La conciencia
del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro
y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de
los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante
de dar un ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios
nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos
da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun
cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos
nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos,
sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para
luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él
es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande" (Caritas
in veritate, n° 78).
Finalmente, encomendamos el Perú a la protección
del Señor de los Milagros y a la intercesión de
la Virgen María para que podamos vivir como hermanos, buscando
juntos el bienestar de todos, con especial atención hacia
los más pobres y necesitados.
|
|