SOBRE
LA NECESIDAD DE PROMOVER EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS PREÁMBULO Desarrollo
de los pueblos 1.
El desarrollo de los pueblos, y muy especialmente el de aquéllos que se
esfuerzan por escapar del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas,
de la ignorancia; que buscan una más amplia participación en los
frutos de la civilización, una valoración más activa de sus
cualidades humanas; que se orientan con decisión hacia el pleno desarrollo,
es observado por la Iglesia con atención. Apenas terminado el Concilio
Vaticano II, una renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evangélico
obliga a la Iglesia a ponerse al servicio de los hombres, para ayudarles a captar
todas las dimen-siones de este grave problema y convencerlos de la urgencia de
una acción solidaria en este cambio decisivo de la historia de la humanidad. Enseñanzas
sociales de los Papas
2.
En sus grandes encíclicas Rerum novarum,[1] de León XIII; Quadragesimo
Anno,[2] de Pío XI; Mater et magistra[3] y Pacem in terris,[4] de Juan
XXIII sin hablar de los mensajes al mundo de Pío XII ,[5] nuestros predecesores
no faltaron al deber que tenían de proyectar sobre las cuestiones sociales
de su tiempo la luz del Evangelio. Hecho
importante
3.
Hoy el hecho más importante del que todos deben adquirir conciencia es
el de que la cuestión social ha tomado una dimensión mundial. Juan
XXIII lo afirma sin ambages,[6] y el Concilio se ha hecho eco de esta afirmación
en su Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy.[7] Esta
enseñanza es grave y su aplicación urgente. Los pueblos, hambrientos
interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos. La Iglesia
sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos para que respondan con amor
al llamamiento de sus hermanos. Nuestros
viajes
4.
Antes de nuestra elevación al Sumo Pontificado, nuestros dos viajes a la
América latina (1960) y al África (1962) nos pusieron ya en contacto
inmediato con los lastimosos problemas que afligen a continentes llenos de vida
y de esperanza. Revestidos de la paternidad universal, hemos podido, en nuestros
viajes a Tierra Santa y a la India, ver con nuestros ojos y tocar con nuestras
manos las gravísimas dificultades que abruman a pueblos de antigua civilización,
en lucha con los problemas del desarrollo. Mientras que en Roma se celebraba el
segundo Concilio Ecuménico Vaticano, circunstancias provi-denciales nos
condujeron a poder hablar directamente a la Asamblea General de las Na-ciones
Unidas. Ante tan amplio areópago fuimos el abogado de los pueblos pobres. Justicia
y paz
5.
Por último, con la intención de responder al voto del Concilio y
de concretar la aportación de la Santa Sede a esta gran causa de los pueblos
en vía de desarrollo, recientemente hemos creído que era nuestro
deber crear, entre los organismos centrales de la Iglesia, una Comisión
Pontificia encargada de suscitar en todo el pueblo de Dios el pleno conocimiento
de la función de los tiempos actuales piden a cada uno en orden a promover
el progreso de los pueblos más pobres, de favorecer la justicia social
entre las naciones, de ofrecer a los que se hallan menos desarrollados una tal
ayuda que les per-mita proveer, ellos mismos y para sí mismos, a su progreso.[8]
Justicia y paz es su nombre y su programa. Pensamos que este programa puede y
debe juntar a los hombres de buena voluntad con nuestros hijos católicos
y hermanos cristianos.
Por esto hoy dirigimos a todos este solemne llamamiento para una acción
concreta en favor del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario
de la humanidad. PRIMERA
PARTE POR UN DESARROLLO INTEGRAL DEL HOMBRE I.
LOS DATOS DEL PROBLEMA
Aspiraciones
de los hombres 6.
Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia,
la salud, una ocupación estable; participar todavía más en
las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones
que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra,
hacer, conocer y tener más para ser más; tal es la aspiración
de los hombres de hoy. Y, sin embargo, gran número de ellos se ve condenado
a vivir en condiciones que hacen ilusorio este legítimo deseo. Por otra
parte, los pueblos llegados recientemente a la independencia nacional sienten
la necesidad de añadir a esta libertad política un crecimiento autónomo
y digno, social no menos que económico, a fin de asegurar a sus ciudadanos
su pleno desarrollo humano y ocupar el puesto que les corresponde en el concierto
de las naciones. Colonización
y colonialismo 7.
Ante la amplitud y la urgencia de la labor que hay que llevar a cabo, disponemos
de medios heredados del pasado, aun cuando son insuficientes. Ciertamente hay
que reconocer que las potencias coloniales con frecuencia han perseguido su propio
interés, su poder o su gloria, y que al retirarse, a veces, han dejado
una situación económica vulnerable ligada, por ejemplo, al monocultivo,
cuyo rendimiento económico está sometido a bruscas y amplias variaciones.
Pero aún reconociendo los errores de un cierto tipo de colonialismo y de
sus consecuencias, es necesario al mismo tiempo rendir homenaje a las cualidades
y a las realizaciones de los colonizadores, que, en las regiones abando-nadas,
han aportado su ciencia y su técnica, dejando preciosos frutos de su presencia.
Por incompletas que sean, las estructuras establecidas permanecen y han hecho
retroceder la ignorancia y la enfermedad, establecido comunicaciones beneficiosas
y mejorado las condiciones de vida. Desequilibrio
creciente 8.
Aceptado lo dicho, es bien cierto que esta preparación es notoriamente
insuficiente para enfrentarse con la dura realidad de la economía moderna.
Dejada a sí misma, su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación,
y no una atenuación, de la disparidad de los niveles de vida; los pueblos
ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras que los pobres se desarrollan
lentamente. El desequilibrio crece: unos producen con exceso géneros alimenticios
que faltan cruelmente a otros, y estos últimos ven que sus exportaciones
se hacen inciertas. Mayor
toma de conciencia 9.
Al mismo tiempo, los conflictos sociales se han ampliado hasta todas las dimensiones
del mundo. La viva inquietud que se ha apoderado de las clases pobres, en los
países que se van industrializando, se apodera ahora de aquéllas
en las que la economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos adquieren
ellos también la conciencia de su misería, no merecida. A éstos
se añade el escándalo de las disparidades hirientes, no solamente
en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder.
Mientras que en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización
refinada, el resto de la población, pobre y dispersa, está "privada
de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad, y
aun muchas veces incluso viviendo en condiciones de vida y de trabajo indignas
de la persona humana".[10] Choque
de civilizaciones 10.
Por otra parte, el choque entre las civilizaciones tradicionales y las novedades
de la civilización industrial rompe las estructuras, que no se adaptan
a las nuevas condiciones. Su marco, muchas veces rígido, era el apoyo indispensable
de la vida personal y familiar, y los viejos se aferran a él, mientras
que los jóvenes lo rehuyen, como un obstáculo inútil, para
volverse ávidamente hacia nuevas formas de vida social. El conflicto de
las generaciones se agrava así con un trágico dilema: o conservar
instituciones y creencias ancestrales y renunciar al progreso, o abrirse a las
técnicas y civilizaciones que vienen de fuera, pero rechazando con las
tradiciones del pasado toda su riqueza humana. De hecho, los apoyos morales, espirituales
y religiosos del pasado ceden con mucha frecuencia, sin que por eso mismo esté
asegurada la inserción en el mundo nuevo. Conclusión 11.
En este desarrollo, la tentación se hace tan violenta que amenaza arrastrar
hacia los mesianismos prometedores, pero forjadores de ilusiones. ¿Quién
no ve los peligros que hay en ello, de reacciones populares violentas, de agitaciones
insurreccionales y de deslizamientos hacia la ideologías totalitarias?
Éstos son los datos del problema, cuya gravedad no puede escapar a nadie. II.
LA IGLESIA Y EL DESARROLLO La
labor de los misioneros 12.
Fiel a las enseñanzas y al ejemplo de su Divino Fundador, que dio como
señal de su misión el anuncio de la Buena Nueva a los pobres,[11]
la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos,
a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros
han construido hospicios y hospitales, escuelas y universidades.
Enseñando a los indígenas, el modo de sacar mayor provecho de los
recursos naturales, los han protegido frecuentemente contra la codicia de los
extranjeros. Sin duda alguna, su labor, por lo mismo que era humana, no fue perfecta
y algunos pudieron mezclar algunas veces no pocos modos de pensar y de vivir de
su país de origen con el anuncio del auténtico mensaje evangélico.
Pero supieron también cultivar y promover las instituciones locales.
En muchas regiones supieron colocarse entre los precursores del progreso material
no menos que de la elevación cultural. Basta recordar el ejemplo del padre
Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de ser llamado, por su caridad,
el "Hermano universal", y que compiló un precioso diccionario
de la lengua tuareg. Hemos de rendir homenaje a estos precursores muy frecuentemente
ignorados, impelidos por la caridad de Cristo, lo mismo que a sus émulos
y sucesores, que siguen dedicándose, todavía hoy, al servicio generoso
y desinteresado de aquéllos que evangelizan. Iglesia
y mundo 13.
Pero en lo sucesivo las iniciativas locales e individuales no bastan ya. La presente
situación del mundo exige una acción de conjunto, que tenga como
punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos,
sociales, culturales y espirituales.
Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna
manera mezclarse en la política de los Estados, "sólo desea
una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito,
la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad,
para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido".[12]
Fundada para establecer desde ahora en la tierra el reino de los Cielos y no para
conquistar un poder terrenal, afirma claramente que los dos campos son distintos,
de la misma manera que son soberanos los dos poderes, el eclesiástico y
el civil, cada uno en su terreno.[13] Pero, viviendo en la historia, ella debe
"escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio".[14] Tomando parte en las mejores aspiraciones de los hombres
y sufriendo al no verlas satisfechas, desea ayudarles a conseguir su pleno desarrollo,
y esto precisamente porque ella les propone lo que ella posee como propio: una
visión global del hombre y de la humanidad. Visión
cristiana del desarrollo 14.
El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico
debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre.
Con gran exactitud ha subrayado un eminente experto: "Nosotros no aceptamos
la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las
civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el
hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera".[15] Vocación
al desarrollo 15.
En los designios de Dios, cada hombre está llamado a desarrollarse, porque
toda vida es una vocación. Desde su nacimiento, ha sido dado a todos, como
un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar:
su floración, fruto de la educación recibida en el propio ambiente
y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino,
que le ha sido propuesto por el Creador.
Dotado de inteligencia y de libertad, el hombre es responsable de su crecimiento
lo mismo que de su salvación. Ayudado, y a veces estorbado, por los que
lo educan y lo rodean, cada uno permanece siempre, sean lo que sean los influjos
que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito
o de su fracaso: por sólo el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad,
cada hombre puede crecer en humanidad, valer más, ser más. Deber
personal 16.
Por otra parte, este crecimiento no es facultativo. De la misma manera que la
creación entera está ordenada a su Creador, la criatura espiritual
está obligada a orientar espontáneamente su vida hacia Dios, verdad
primera y bien soberano. Resulta así que el crecimiento humano constituye
como un resumen de nuestros deberes. Más aún, esta armonía
de la naturaleza, enriquecida por el esfuerzo personal y responsable, está
llamada a superarse a sí misma. Por su inserción en el Cristo vivo,
el hombre tiene el camino abierto hacia un progreso nuevo, hacia un humanismo
trascendental que le da su mayor plenitud; tal es la finalidad suprema del desarrollo
personal. Y
comunitario 17.
Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad
entera. Y no es solamente éste o aquel hombre, sino que todos los hombres
están llamados a este desarrollo pleno. Las civilizaciones nacen, crecen
y mueren. Pero como las olas del mar en el flujo de la marea van avanzando, cada
una un poco más, en la arena de la playa, de la misma manera la humanidad
avanza por el camino de la Historia. Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos
del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos
y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía
más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que
es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber. Escala
de valores 18.
Este crecimiento personal y comunitario se vería comprometido si se alterase
la verdadera escala de valores. Es legítimo el deseo de lo necesario, y
el trabajar para conseguirlo es un deber: "El que no quiere trabajar, que
no coma".[16] Pero la adquisición de los bienes temporales puede conducir
a la codicia, al deseo de tener cada vez más y a la tentación de
acrecentar el propio poder. La avaricia de las personas, de las familias y de
las naciones puede apoderarse lo mismo de los más desprovistos que de los
más ri-cos, y suscitar en los unos y en los otros un materialismo sofocante. Creciente
ambivalencia 19.
Así, pues, el tener más, lo mismo para los pueblos que para las
personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario
para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra como en una prisión
desde el momento en que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más
allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran;
los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les
hace oponerse unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer
se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a su
verdadera grandeza; para las naciones, como para las personas, la avaricia es
la forma más evidente de un subdesarrollo moral. Hacia
una condición más humana 20.
Si para llevar a cabo el desarrollo se necesitan técnicos, cada vez en
mayor número, para este mismo desarrollo se exige más todavía
pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual
permita al hombre moderno hallarse a sí mismo, asumiendo los valores superiores
del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación.[17]
Así podrá realizar, en toda su plenitud, el verdadero desarrollo,
que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas,
a condiciones más humanas. Ideal
al que hay que tender 21.
Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimun
vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo.
Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o
del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia
de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión
de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación
de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas
también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás,
la orientación hacia el espíritu de pobreza,[18] la cooperación
del bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía:
el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que
de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la
fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la
caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida
de Dios vivo, Padre de todos los hombres. III.
LA ACCIÓN QUE DEBE EMPRENDERSE 22.
Llenad la tierra y sometedla.[19] La Biblia, desde sus primeras páginas,
nos ense-ña que la creación entera es para el hombre, quien tiene
que aplicar su esfuerzo inteligente para valorizarla y, mediante su trabajo, perfeccionarla,
por decirlo así poniéndola a su servicio. Si la tierra está
hecha para procurar a cada uno los medios de subsistencia y los instrumentos de
su progreso, todo hombre tiene el derecho de encontrar en ella lo que necesita.
El reciente Concilio lo ha recordado: "Dios ha destinado la tierra, y todo
lo que en ella se contiene, para uso de todos los hombres y de todos los pueblos,
de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según
la regla de la justicia, inseparable de la caridad".[20] Todos los demás
derechos, sean los que sean, compren-didos en ellos los de propiedad y comercio
libre, a ello están subordinados: no deben estorbar, antes al contrario,
facilitar su realización, y es un deber social grave y urgente hacerlos
volver a su finalidad primera. La
propiedad 23.
"Si alguno tiene bienes de este mundo y, viendo a su hermano en necesidad,
le cierra sus entrañas, ¿cómo es posible que resida en él
el amor de Dios?".[21] Sabido es con qué firmeza los Padres de la
Iglesia han precisado cuál debe ser la actitud de los que poseen respecto
a los que se encuentran en necesidad: "No es parte de tus bienes así
dice San Ambrosio lo que tú des al pobre; lo que le das le pertenece. Porque
lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra
ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos".[22]
Es decir, que la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional
y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que
supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario.
En una palabra: "El derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse
con detrimento de la utilidad común, según la doctrina tradicional
de los Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos". Si se llegase
al conflicto "entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunita-rias
primordiales", toca a los poderes públicos "procurar una solución,
con la activa participación de las personas y de los grupos sociales".[23] El
uso de la renta 24.
El bien común exige, pues, algunas veces la expropiación si, por
el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de
la miseria que de ello resulta a la población, del daño considerable
producido a los intereses del país, algunas posesiones sirven de obstáculo
a la prosperidad colectiva. Afirmándola netamente,[24] el Concilio
ha recordado también, no menos claramente, que la renta disponible no es
cosa que queda abandonada al libre capricho de los hombres, y que las especulaciones
egoístas deben ser eliminadas. Desde luego, no se podría admitir
que ciudadanos provistos de rentas abundantes, provenientes de los recursos y
de la actividad nacional, las transfiriesen en parte considerable al extranjero
por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello
infligirían a la propia patria.[25] La
industrialización 25.
Necesaria para el crecimiento económico y para el progreso humano, la industrialización
es al mismo tiempo señal y factor del desarrollo. El hombre, mediante la
tenaz aplicación de su inteligencia y de su trabajo, arranca poco a poco
sus secretos a la Naturaleza y hace un uso mejor de sus riquezas. Al mismo tiempo
que disciplina sus costumbres, se desarrolla en él el gusto por la investigación
y la invención, la aceptación del riesgo calculado, la audacia en
las empresas, la iniciativa generosa y el sentido de la responsabilidad. Capitalismo
liberal 26.
Pero, por desgracia, sobre estas nuevas condiciones de la sociedad, ha sido construido
un sistema que considera el provecho como motor esencial del progreso económico,
la concurrencia como ley suprema de la economía, la propiedad privada de
los medios de producción como un derecho absoluto, sin límites ni
obligaciones sociales correspondientes. Este liberalismo sin freno, que conduce
a la dictadura, justamente fue denunciado por Pío XI como generador de
"el imperialismo internacional del dinero".[26]
No hay mejor manera de reprobar un tal abuso que recordando solemnemente una vez
más que la economía está al servicio del hombre.[27] Pero
si es verdadero que un cierto capitalismo ha sido la causa de muchos sufrimientos,
de injusticias y luchas fratricidas, cuyos efectos duran todavía, sería
injusto que se atribuyera a la industrialización misma los males que son
debidos al nefasto sistema que la acompaña. Por el contrario, es justo
reconocer la aportación irreemplazable de la organización del trabajo
y del progreso industrial a la obra del desarrollo. El
trabajo 27.
De la misma manera, aunque a veces puede llegarse a una mística exagerada
del trabajo, no es menos cierto, sin embargo, que el trabajo ha sido querido y
bendecido por Dios. Creado a imagen suya, "el hombre debe cooperar con el
Creador en la perfección de la creación y marcar, a su vez, la tierra
con el carácter espiritual que él mismo ha recibido".[28] Dios,
que ha dotado al hombre de inteligencia, le ha dado también el modo de
acabar de alguna manera su obra; ya sea artista o artesano, patrono, obrero o
campesino, todo trabajador es un creador. Aplicándose a una materia, que
se le resiste, el trabajador le imprime un sello, mientras que él adquiere
tenacidad, ingenio y espíritu de invención. Más aún,
viviendo en común, participando de una misma esperanza, de un sufrimiento,
de una ambición y de una alegría, el trabajo une las voluntades,
aproxima los espíritus y funde los corazones; al realizarlo, los hombres
descubren que son hermanos.[29] Su
ambivalencia 28.
El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete el dinero, la alegría
y el poder, invita a los unos al egoísmo y a los otros a la revuelta; desarrolla
también la conciencia profesional, el sentido del deber y la caridad para
con el prójimo. Más científico y mejor organizado, tiene
el peligro de deshumanizar a quien lo realiza, convertido en siervo cuyo, porque
el trabajo no es humano si no permanece inteligente y libre. Juan XXIII ha recordado
la urgencia de restituir al trabajador su dignidad, haciéndole participar
realmente en la labor común: "Se debe tender a que la empresa se convierta
en una comunidad de personas, en las relaciones, en las funciones y en la situación
de todo el personal".[30] Pero el trabajo de los hombres, mucho más
para el cristiano, tiene todavía la misión de colaborar en la creación
del mundo sobrenatural,[31] no terminado hasta que lleguemos todos juntos a constituir
aquel hombre perfecto, de que habla San Pablo, "que realiza la plenitud de
Cristo".[32] Urgencia
de la obra que hay que realizar 29.
Hay que darse prisa. Muchos hombres sufren y aumenta la distancia que separa el
progreso de los unos del estancamiento y aún retroceso de los otros. Sin
embargo, es necesario que la labor que hay que realizar progrese armoniosamente,
so pena de ver roto el equilibrio que es indispensable. Una reforma agraria improvisada
puede frustrar su finalidad. Una industrialización brusca puede dislocar
las estructuras, que todavía son necesarias, y engendrar miserias sociales
que serían un retroceso para la humanidad. Tentación
de la violencia 30.
Es cierto que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones
enteras, faltas de lo necesario, viven en una tal dependencia que les impide toda
iniciativa y responsabilidad, lo mismo que toda posibilidad de promoción
cultural y de participación en la vida social y política, es grande
la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la
dignidad humana. Revolución 31.
Sin embargo, como es sabido, la insurrección revolucionaria salvo en el
caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente a los derechos
fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común
del país engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y
provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor. Reforma 32.
Entiéndasenos bien: la situación presente tiene que afrontarse valerosamente,
y combatirse y vencerse las injusticias que trae consigo. El desarrollo exige
transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender, sin esperar
más, reformas urgentes. Cada uno debe aceptar generosamente su papel, sobre
todo los que por su educación, su situación y su poder tienen grandes
posibilidades de acción. Que, dando ejemplo, empiecen con sus propios deberes,
como ya lo han hecho muchos hermanos nuestros en el Episcopado.[33] Responderán
así a la expectación de los hombres y serán fieles al Espíritu
de Dios, porque es "el fermento evangélico el que ha suscitado y suscita
en el corazón del hombre una exigencia incoercible de dignidad".[34] Programas
y planificación 33.
La sola iniciativa individual y el simple juego de la competencia no serían
suficientes para asegurar el éxito del desarrollo. No hay que arriesgarse
a aumentar todavía más la riqueza de los ricos y la potencia de
los fuertes, confirmando así la miseria de los pobres y añadiéndola
a la servidumbre de los oprimidos. Los programas son necesarios para "animar,
estimular, coordinar, suplir e integrar"[35] la acción de los individuos
y de los cuerpos intermedios.
Toca a los poderes públicos escoger y ver el modo de imponer los objetivos
que hay que proponerse, las metas que hay que fijar, los medios para llegar a
ellas, estimulando al mismo tiempo todas las fuerzas agrupadas a esta acción
común. Pero han de tener cuidado de asociar a esta empresa las iniciativas
privadas y los cuerpos intermedios. Evitarán así el riesgo de una
colectivización integral o de una planificación arbitraria que,
al negar la libertad, excluiría el ejercicio de los derechos fundamentales
de la persona humana. Al
servicio del hombre 34.
Porque todo programa concebido para aumentar la producción, al fin y al
cabo, no tiene otra razón de ser que el servicio de la persona; si existe
es para reducir las desigualdades, combatir las discriminaciones, librar al hombre
de la esclavitud, hacerle capaz de ser por sí mismo agente responsable
de su mejora material, de su progreso moral y de su desarrollo espiritual. Decir
desarrollo es, efectivamente, preocuparse tanto por el progreso social como por
el crecimiento económico. No basta aumentar la riqueza común para
que sea repartida equitativamente. No basta promover la técnica para que
la tierra sea humanamente más habitable.
Los errores de los que han ido por delante deben advertir a los que están
en vía de desarrollo de cuáles son los peligros que hay que evitar
en este terreno. La tecnocracia del mañana puede engendrar males o menos
temibles que los del liberalismo de ayer. Economía y técnica no
tienen sentido si no es por el hombre, a quien deben servir. El hombre no es verdaderamente
hombre más que en la medida en que, dueño de sus acciones y juez
de la importancia de éstos se hace él mismo autor de su progreso,
según la naturaleza que le ha sido dada por su Creador y de la cual asume
libremente las posibilidades y las exigencias. Alfabetización 35.
Se puede también afirmar que el crecimiento económico depende, en
primer lugar, del progreso social; por eso la educación básica es
el primer objetivo de un plan de desarrollo. Efectivamente, el hambre de instrucción
no es menos deprimente que el hambre de alimentos: un analfabeto es un espíritu
subalimentado. Saber leer y escribir, adquirir una formación profesional,
es recobrar la confianza en sí mismo y descubrir que se puede progresar
al mismo tiempo que los demás.
Como dijimos en nuestro mensaje al Congreso de la UNESCO de 1965, en Teherán,
la alfabetización es para el hombre "un factor primordial de integración
social, no menos que de enriquecimiento personal. Para la sociedad, un instrumento
privilegiado de progreso económico y de desarrollo".[36] Por eso nos
alegramos del gran trabajo realizado en este dominio por las iniciativas privadas,
los poderes públicos y las organi-zaciones internacionales: son los primeros
artífices del desarrollo, al capacitar al hombre a realizarlo por sí
mismo. Familia 36.
Pero el hombre no es el mismo sino en su medio social, donde la familia tiene
una función primordial, que ha podido ser excesiva, según los tiempos
y los lugares en que se ha ejercitado, con detrimento de las libertades fundamentales
de la persona. Los viejos cuadros sociales de los países en vía
de desarrollo, aunque demasiado rígidos y mal organizados, sin embargo,
es menester conservarlos todavía algún tiempo, aflojando progresivamente
su exagerado dominio.
Pero la familia natural, monógama y estable, tal como los designios divinos
la han concebido[37] y el cristianismo ha santificado, debe permanecer como "punto
en el que coinciden distintas generaciones que se ayudan mutuamente a lograr una
más completa sabiduría y armonizar los derechos de las personas
con las demás exigencias de la vida social".[38] Demografía 37.
Es cierto que muchas veces un crecimiento demográfico acelerado añade
sus dificultades a los problemas del desarrollo. El volumen de la población
crece con más rapidez que los recursos disponibles. Nos encontramos, aparentemente,
encerrados en un callejón sin salida. Es, pues, grande la tentación
de frenar el crecimiento demográfico con medidas radicales. Es cierto que
los poderes públicos, dentro de los límites de su competencia, pueden
intervenir, llevando a cabo una información apropiada y adoptando las medidas
convenientes, con tal de que estén de acuerdo con las exigencias de la
ley moral y respeten la justa libertad de los esposos.
Sin derecho inalienable al matrimonio y a la procreación, no hay dignidad
humana. Al fin y al cabo es a los padres a los que les toca decidir, con pleno
conocimiento de causa, el número de sus hijos, aceptando sus responsabilidades
ante Dios, ante los hijos que ya han traído al mundo y ante la comunidad
a la que pertenecen, siguiendo las exigencias de su conciencia, instruida por
la Ley de Dios auténticamente interpretada y sostenida por la confianza
en Él.[39] Organizaciones
profesionales 38.
En la obra del desarrollo, el hombre, que encuentra en la familia su medio de
vida primordial, se ve frecuentemente ayudado por las organizaciones profesionales.
Si su razón de ser es la de promover los intereses de sus miembros, su
responsabilidad es grande ante la función educativa que pueden y al mismo
tiempo deben cumplir. A través de la información que ellas procuran,
de la formación que ellas proponen, pueden mucho para dar a todos el sentido
del bien común y de las obligaciones que éste supone para cada uno. Pluralismo
legítimo 39.
Toda acción social implica una doctrina. El cristiano no puede admitir
la que supone una filosofía materialista y atea, que no respeta ni la orientación
de la vida hacia su fin último, ni la libertad ni la dignidad humanas.
Pero, con tal de que estos valores queden a salvo, un pluralismo de las organizaciones
profesionales y sindicales es admisible; desde cierto punto de vista es útil,
si protege la libertad y provoca la emulación. Por eso, rendimos un homenaje
cordial a todos los que trabajan en el servicio desinteresado de sus hermanos. Promoción
cultural 40.
Además de las organizaciones profesionales, es de notar la actividad de
las instituciones culturales. Su función no es menor para el éxito
del desarrollo. "El porvenir del mundo corre peligro, afirma gravemente el
Concilio si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría".
Y añade: "Muchas naciones económicamente más pobres,
pero más ricas de sabiduría, pueden prestar a las demás una
extraordinaria utilidad".[40]
Rico o pobre, cada país posee una civilización, recibida de sus
mayores; instituciones exigidas por la vida terrena y manifestaciones superiores
artísticas, intelectuales y religiosas de la vida del espíritu:
mientras que éstas contengan verdaderos valores humanos, sería un
grave error sacrificarlas a aquellas otras. Un pueblo que lo permitiera perdería
con ello lo mejor de sí mismo y sacrificaría, para vivir, sus razones
de vivir. La enseñanza de Cristo vale también para los pueblos.
"¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su
alma?".[41] Tentación
materialista 41.
Los pueblos pobres jamás estarán suficientemente en guardia contra
esta tentación, que les viene de los pueblos ricos. Éstos presentan,
con demasiada frecuencia, con el ejemplo de sus éxitos en una civilización
técnica y cultural, el modelo de una actividad aplicada principalmente
a la conquista de la prosperidad material. No que esta última cierre el
camino por sí misma a las actividades del espíritu.
Por el contrario, siendo éste "menos esclavo de las cosas, puede elevarse
más fácilmente a la adoración y a la contemplación
del mismo Creador";[42] pero, a pesar de ello, "la misma civilización
moderna, no ciertamente por sí misma, sino porque se encuentra excesivamente
aplicada a las realidades terrenales, puede hacer muchas veces más difícil
el acceso a Dios".[43] En todo aquello que se les propone, los pueblos en
fase de desarrollo deben, pues, saber escoger, discernir y eliminar los falsos
bienes, que traerían consigo un descenso a nivel en el ideal humano, aceptando
los valores sanos y benéficos para desarrollarlos, juntamente con los suyos,
y según su carácter propio. Conclusión 42.
Es un humanismo pleno el que hay que promover.[44] ¿Qué quiere decir
esto sino el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres? Un
humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que
es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar; ciertamente, el hombre
puede organizar la tierra sin Dios, pero, "al fin y al cabo, sin Dios no
puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo
inhumano".[45] No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se
abre al Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea
verdadera de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores,
el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose. Según
la tan acertada expresión de Pascal: "El hombre supera infinitamente
al hombre".[46] SEGUNDA
PARTE HACIA EL DESARROLLO SOLIDARIO DE LA HUMANIDAD Introducción 43.
El desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de
la humanidad. Nos lo decíamos en Bombay: "El hombre debe encontrar
al hombre, las naciones deben encontrarse entre sí como hermanos y hermanas,
como hijos de Dios. En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión
sagrada, debemos igualmente comenzar a actuar a una, para edificar el porvenir
común de la humanidad".[47]
Sugeríamos también la búsqueda de medios concretos y prácticos
de organización y cooperación para poner en común los recursos
disponibles y realizar así una verdadera comunión entre todas las
naciones. Fraternidad
de los pueblos 44.
Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos. Sus obligaciones
tienen sus raíces en la fraternidad humana y sobrenatural y se presentan
bajo un triple aspecto: deber de solidaridad, en la ayuda que las naciones ricas
deben aportar a los países en vía de desarrollo; deber de justicia
social, enderezando las relaciones comerciales defectuosas entre los pueblos fuertes
y débiles. Deber de caridad universal, por la promoción de un mundo
más humano para todos, en donde todos tengan que dar y recibir, sin que
el progreso de los unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros.
La cues-tión es grave, ya que el provenir de la civilización mundial
depende de ello. I.
ASISTENCIA A LOS DÉBILES Lucha
contra el hambre 45.
Si un hermano o una hermana están desnudos dice Santiago , si les falta
el alimento cotidiano, y alguno de vosotros les dice: "Andad en paz, calentaos,
saciaos", sin darles lo necesario para su cuerpo, ¿para qué
les sirve eso?[48] Hoy en día nadie puede ya ignorarlo: en continentes
enteros son innumerables los hombres y mujeres torturados por el hambre, son innumerables
los niños subalimentados, hasta tal punto, que un buen número de
ellos muere en la tierna edad; el crecimiento físico y el desarrollo mental
de muchos otros se ve con ello comprometido, y regiones enteras se ven así
condenadas al más triste desaliento. Hoy
46.
Llamamientos angustiosos han resonado ya. El de Juan XXIII fue calurosamente recibido.[49]
Nos lo hemos reiterado en nuestro mensaje de Navidad de 1963,[50] y de nuevo en
favor de la India en 1966.[51] La campaña contra el hambre emprendida por
la Organización Internacional para la Alimentación y la Agricultura
(FAO), y alentada por la Santa Sede, ha sido secundada con generosidad. Nuestra
Caritas Internacional actúa por todas partes, y numerosos católicos,
bajo el impulso de nuestros hermanos en el episcopado, dan y se entregan sin reserva
a fin de ayudar a los necesitados, agrandando progresivamente el círculo
de sus prójimos. Mañana
47.
Pero todo ello, al igual que las inversiones privadas y públicas ya realizadas,
las ayudas y los préstamos otorgados, no bastan. No se trata sólo
de vencer el hambre, ni siquiera de hacer retroceder la pobreza. El combate contra
la miseria, urgente y necesario, es insuficiente. Se trata de construir un mundo
donde todo hombre, sin excepción de raza, religión o nacionalidad,
pueda vivir una vida plenamente humana, emancipado de las servidumbres que le
vienen de la parte de los hombres y de una naturaleza insuficientemente dominada;
un mundo donde la libertad no sea una palabra vana y donde el pobre Lázaro
pueda sentarse a la misma mesa que el rico.[52] Ello exige a este último
mucha generosidad, innumerables sacrificios y esfuerzo sin descanso.
A cada cual toca examinar su conciencia, que tienen una nueva voz para nuestra
época. ¿Está dispuesto a sostener con su dinero las obras
y las empresas organizadas en favor de los más pobres? ¿A pagar
más impuestos para que los poderes públicos intensifiquen su esfuerzo
para el desarrollo? ¿A comprar más caros los productos importados
a fin de remunerar más justamente al productor? ¿A expatriarse a
sí mismo, si es joven, ante la necesidad de ayudar este crecimiento de
las naciones jóvenes? Deber
de solidaridad
48.
El deber de solidaridad de las personas es también el de los pueblos: "Los
pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de ayudar
a los países en vía de desarrollo".[53] Se debe poner en práctica
esta enseñanza conciliar. Si es normal que una población sea el
primer beneficiario de los dones otorgados por la Providencia como fruto de su
trabajo, no puede ningún pueblo, sin embargo, pretender reservar sus riquezas
para su uso exclusivo. Cada pueblo debe producir más y mejor, a la vez
para dar a sus súbditos un nivel de vida verdaderamente humano y para contribuir
también al desarrollo solidario de la humanidad. Ante la creciente indigencia
de los países subdesarrollados, se debe considerar como normal el que un
país desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer
las necesidades de aquéllos; igualmente normal que forme educadores, ingenieros,
técnicos y sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de
ellos. Lo
superfluo
49.
Hay que decirlo una vez más: lo superfluo de los países ricos debe
servir a los países pobres; la regla que antiguamente valía en favor
de los más cercanos debe aplicarse hoy a la totalidad de las necesidades
del mundo. Los ricos, por otra parte, serán los primeros beneficiados de
ello. Si no, su prolongada avaricia no hará más que suscitar el
juicio de Dios y la cólera de los pobres, con imprevisibles consecuencias.
Replegadas en su egoísmo, las civilizaciones actualmente florecientes atentarían
a sus valores más altos, sacrificando la voluntad de ser más al
deseo de poseer en mayor abundancia. Y se aplicaría a ellos la parábola
del hombre rico cuyas tierras habían producido mucho y que no sabía
dónde almacenar la cosecha: Dios le dice: "Insensato, esta misma noche
te pedirán el alma".[54] Programas
50.
Estos esfuerzos, a fin de obtener su plena eficacia, no deberían permanecer
dispersos o aislados, y menos aún opuestos por razones de prestigio o poder:
la situación exige programas concertados. En efecto, un programa es más
y es mejor que una ayuda oca-sional dejada a la buena voluntad de cada uno. Supone,
Nos lo hemos dicho ya antes, estudios profundos, fijar los objetivos, determinar
los medios, aunar los esfuerzos, a fin de responder a las necesidades presentes
y a las exigencias previsibles. Más aún, sobrepasa las perspectivas
del crecimiento económico y del progreso social: da sentido y valor a la
obra que debe realizarse. Arreglando el mundo, consolida y dignifica cada vez
más al hombre. Fondo
mundial
51.
Hará falta ir más lejos aún. Nos pedimos en Bombay la constitución
de un gran Fondo mundial alimentado con una parte de los gastos militares, a fin
de ayudar a los más desheredados.[55] Esto que vale para la lucha inmediata
contra la miseria, vale igualmente a escala del desarrollo. Sólo una colaboración
mundial, de la cual un fondo común sería al mismo tiempo símbolo
e instrumento, permitiría superar las rivalidades estériles y suscitar
un diálogo pacífico y fecundo entre todos los pueblos. Sus
ventajas
52.
Sin duda, acuerdos bilaterales o multilaterales pueden seguir existiendo: ellos
permiten sustituir las relaciones de dependencia y las amarguras surgidas en la
era colonial, por felices relaciones de amistad, desarrolladas sobre un pie de
igualdad jurídica y política. Pero, incorporados en un programa
de colaboración mundial, se verían libres de toda sospecha. Las
desconfianzas de los beneficiarios se atenuarían. Éstos temerían
menos ciertas manifestaciones disimuladas bajo la ayuda financiera o la asistencia
téc-nica de lo que se ha llamado el neocolonialismo, bajo forma de presiones
políticas y de dominación económica encaminadas a defender
o a conquistar una hegemonía domina-dora. Su
urgencia
53.
¿Quién no ve además que un tal fondo facilitaría la
reducción de ciertos despilfarros, fruto del temor o del orgullo? Cuando
tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren la miseria, cuando
tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia, cuando aun quedan por construir
tantas escuelas, hospitales, viviendas dignas de este nombre, todo derroche público
o privado, todo gasto de ostentación nacional o personal, toda carrera
de armamentos, se convierte en un escándalo intolerable. Nos nos vemos
obligados a denunciarlo. Quieran los responsables oírnos antes de que sea
demasiado tarde. Diálogo
que debe comenzar
54.
Esto quiere decir que es indispensable se establezca entre todos el diálogo,
a favor del cual Nos hacíamos votos en nuestra primer encíclica,
Ecclesiam suam.[56] Este diálogo entre quienes aportan los medios y quienes
se benefician de ellos permitirá medir las aportaciones no sólo
de acuerdo con la generosidad y las disponibilidades de los unos, sino también
en función de las necesidades reales y de las posibilidades de empleo de
los otros.
Con ello los países en vía de desarrollo no correrán en adelante
el riego de estar abrumados de deudas, cuya satisfacción absorbe la mayor
parte de sus beneficios. Las tasas de interés y la duración de los
préstamos deberán disponerse de manera soportable para los unos
y para los otros, equilibrando las ayudas gratuitas, los préstamos sin
interés, o con un interés mínimo, y la duración de
las amortizaciones. A quienes proporcionen los medios financieros se les podrá
dar garantías sobre el empleo que se hará del dinero, según
el plan convenido y con una eficiencia razonable, puesto que no se trata de favorecer
a los perezosos y parásitos.
Y los beneficiarios podrán exigir que no haya ingerencias en su política
y que no se perturbe su estructura social. Como Estados soberanos, a ellos les
corresponde dirigir por sí mismos sus asuntos, determinar su política
y orientarse libremente hacia la forma de sociedad que han escogido. Se trata,
por tanto, de instaurar una colaboración voluntaria, una participación
eficaz de los unos con los otros, en un plano de dignidad igual, para construir
una convivencia civil verdaderamente digna del hombre. Su
necesidad
55.
La tarea podría parecer imposible en regiones donde la preocupación
por la subsistencia cotidiana acapara toda la existencia de familias incapaces
de concebir un trabajo que les prepare para un porvenir menos miserable. Y, sin
embargo, es precisamente a estos hombres y mujeres a quienes hay que ayudar, a
quienes hay que convencer que realicen ellos mismos su propio desarrollo y que
adquieran progresivamente los medios para ello. Esta obra común no irá
adelante, claro está, sin un esfuerzo concertado, constante y animoso.
Pero que cada uno se persuada profundamente: está en juego la vida de los
pueblos pobres, la paz civil de los países en vía de desarrollo
y la paz del mundo. II.
LA EQUIDAD EN LAS RELACIONES COMERCIALES 56.
Los esfuerzos, realmente considerables, que se han hecho para ayudar en el plan
financiero y técnico a los países en vía de desarrollo serían
ilusorios si sus resultados fuesen parcialmente anulados por el juego de las relaciones
comerciales entre países ricos y entre países pobres. La confianza
de estos últimos se quebrantaría si tuviesen la impresión
de que una mano les quita lo que la otra les da. Superación
creciente
57.
Las naciones altamente industrializadas exportan, sobre todo, productos elaborados,
mientras que las economías poco desarrolladas no tienen para vender más
que productos agrícolas y materias primas. Gracias al progreso técnico,
los primeros aumentan rápidamente de valor y encuentran suficiente mercado.
Por el contrario, los productos primarios que provienen de los países subdesarrollados
sufren amplias y bruscas variaciones de precio, muy lejos de esa plusvalía
progresiva. De ahí provienen, para las naciones poco industrializadas,
grandes dificultades cuando han de contar con sus exportaciones para equilibrar
su economía y realizar su plan de desarrollo. Los pueblos pobres permanecen
siempre pobres, y los ricos se hacen cada vez más ricos. Más
allá del liberalismo
58.
Es evidente que la regla del libre cambio no puede seguir rigiendo ella sola las
relaciones internacionales. Sus ventajas son sin duda evidentes cuando las partes
no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de potencia económica:
es un estímulo del progreso y recompensa del esfuerzo. Por eso los países
industrialmente desarrollados ven en ella una ley de justicia. Pero ya no es lo
mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país:
los precios que se forman "libremente" en el mercado pueden llevar consigo
resultados no equitativos. Es, por consiguiente, el principio fundamental del
liberalismo, como regla de los intercambios comerciales, el que está aquí
en litigio. Justicia
de los contratos a escala de los pueblos
59.
La enseñanza de León XIII en la Rerum novarum conserva su validez:
el consentimiento de las partes, si están en situaciones demasiado desiguales,
no basta para garantizar la justicia del contrario; y la regla del libre consentimiento
queda subordinada a las exigencias del derecho natural.[57] Lo que era verdadero
acerca del justo salario individual, lo es también respecto a los contratos
internacionales: una economía de intercambio no puede seguir descansando
sobre la sola ley de la libre concurrencia, que engendra también demasiado
a menudo una dictadura económica. El libre intercambio sólo es equitativo
si está sometido a las exigencias de la justicia social. Medidas
que hay que tomar
60.
Por lo demás, esto lo han comprendido los mismos países desarrollados,
que se esfuerzan con medidas adecuadas por restablecer, en el seno de su propia
economía, un equilibrio que la concurrencia, dejada a su libre juego, tiende
a comprometer. Así sucede que a menudo sostienen su agricultura a costa
de sacrificios impuestos a los sectores económicos más favorecidos.
Así también, para mantener las relaciones comerciales que se desenvuelven
entre ellos, particularmente en el interior de un mercado común, su política
financiera, fiscal y social se esfuerza por procurar, a industrias concurrentes
de prosperidad desigual, oportunidades semejantes. Convenciones
internacionales
61.
No estaría bien usar aquí dos pesos y dos medidas. Lo que vale en
economía nacional, lo que se admite entre países desarrollados,
vale también en las relaciones comerciales entre países ricos y
países pobres. Sin abolir el mercado de concurrencia, hay que mantenerlo
dentro de los límites que lo hacen justo y moral, y, por tanto, humano.
En el comercio entre economías desarrolladas y subdesarrolladas, las situaciones
son demasiado dispares, y las libertades reales demasiado desiguales.
La justicia social exige que el comercio internacional, para ser humano y moral,
restablezca entre las partes al menos una cierta igualdad de oportunidades. Esta
última es un objetivo a largo plazo. Mas para llegar a él es preciso
crear desde ahora una igualdad real en las discusiones y negociaciones. Aquí
también serían útiles convenciones internacionales de radio
suficientemente vasto: ellas establecerían normas generales con vistas
a regularizar ciertos precios, garantizar determinadas producciones, sostener
ciertas industrias nacientes. ¿Quién no ve que un tal esfuerzo común
hacia una mayor justicia en las relaciones comerciales entre los pueblos aportaría
a los países en vía de desarrollo una ayuda positiva, cuyos efectos
no serían solamente inmediatos, sino duraderos? Obstáculos
que hay que superar: el nacionalismo
62.
Todavía otros obstáculos se oponen también a la formación
de un mundo más justo y más estructurado dentro de una solidaridad
universal: queremos hablar del nacionalismo y del racismo. Es natural que comunidades
recientemente llegadas a su independencia política sean celosas de una
unidad nacional aun frágil y se esfuercen por protegerla. Es normal también
que naciones de vieja cultura estén orgullosas del patri-monio que les
ha legado su historia.
Pero estos legítimos sentimientos deben ser sublimados por la caridad universal,
que engloba a todos los miembros de la familia humana. El nacionalismo aísla
los pueblos en contra de lo que es su verdadero bien. Sería particularmente
nocivo allí en donde la debilidad de las economías nacionales exige,
por el contrario, la puesta en común de los esfuerzos, de los conocimientos
y de los medios financieros, para realizar los programas de desarrollo e incrementar
los intercambios comerciales y culturales. El
racismo
63.
El racismo no es patrimonio exclusivo de las naciones jóvenes, en las que,
a veces, se disfraza bajo las rivalidades de clases y de partidos políticos,
con gran perjuicio de la justicia y con peligro de la paz civil. Durante la era
colonial ha creado a menudo un muro de separación entre colonizadores e
indígenas, poniendo obstáculos a una fecunda inteligencia recíproca
y provocando muchos rencores como consecuencia de verdaderas injusticias.
Es también un obstáculo a la colaboración entre naciones
menos favorecidas y un fermento de división y menosprecio de los derechos
imprescriptibles de la persona humana, individuos y familias se ven injustamente
sometidos a un régimen de excepción por razón de su raza
o de su color. Hacia
un mundo solidario
64.
Una tal situación, tan cargada de amenazas para el porvenir, nos aflige
profundamente. Abrigamos, con todo, la esperanza de que una necesidad más
sentida de la colaboración y un sentido más agudo de la solidaridad
acabarán por prevalecer sobre las incomprensiones y los egoísmos.
Nos esperamos que los países cuyo desarrollo está menos avanzado
sabrán aprovecharse de su vecindad para organizar entre ellos, sobre áreas
territorialmente extensas, zonas de desarrollo conjunto; establecer programas
comunes, coordinar las inversiones, repartir las posibilidades de producción,
organizar los intercambios. Esperamos también que las organizaciones multilaterales
e internaciona-les encontrarán, por medio de una reorganización
necesaria, los caminos que permitirán a los pueblos todavía subdesarrollados
salir de los atolladeros en que parecen estar encerrados y descubrir por sí
mismos, dentro de la fidelidad a su peculiar modo de ser, los medios para su progreso
social y humano. Pueblos
artífices de su destino
65.
Porque ésa es la meta a la que hay que llegar. La solidaridad mundial,
cada día más eficiente, debe permitir a todos los pueblos el llegar
a ser por sí mismos artífices de su destino. El pasado ha sido marcado
demasiado frecuentemente por relaciones de fuerza entre las naciones: venga ya
el día en que las relaciones internacionales lleven el cuño del
mutuo respeto y de la amistad, de la interdependencia en la colaboración
y de la promoción común bajo la responsabilidad de cada uno. Los
pueblos más jóvenes o más débiles reclaman tener su
parte activa en la construcción de un mundo mejor, más respetuoso
de los derechos y de la vocación de cada uno. Este clamor es legítimo;
a la responsabilidad de cada uno queda el escucharlo y el responder a él.
III.
LA CARIDAD UNIVERSAL 66.
El mundo está enfermo. Su mal está menos en la esterilización
de los recursos y en su acaparamiento por parte de algunos que en la falta de
fraternidad entre los hom-bres y entre los pueblos. El
deber de la hospitalidad 67.
Nos no insistiremos nunca demasiado en el deber de hospitalidad deber de solidaridad
humana y de caridad cristiana , que incumbe tanto a las familias como a las organizaciones
culturales de los países que acogen a los extranjeros. Es necesario multiplicar
residencias y hogares que acojan, sobre todo, a los jóvenes. Esto ante
todo, para protegerles contra la soledad, el sentimiento de abandono, la angustia,
que destruyen todo resorte moral.
También para defenderles contra la situación malsana en que se encuentran,
forzados a comparar la extrema pobreza de su patria con el lujo y el derroche
que a menudo les rodea. Y asimismo para ponerles al abrigo de doctrinas subversivas
y de tentaciones agresivas que les asaltan ante el recuerdo de tanta "miseria
inmerecida".[58] Sobre todo, en fin, para ofrecerles, con el calor de una
acogida fraterna, el ejemplo de una vida sana, la estima de la caridad cristiana
auténtica y eficaz, el aprecio de los valores espirituales. El
drama de los jóvenes estudiantes 68.
Es doloroso pensarlo: numerosos jóvenes, venidos a países más
avanzados para recibir la ciencia, la competencia y la cultura que les harán
más aptos para servir a su patria, adquieren ciertamente una formación
más cualificada, pero pierden demasiado a menudo la estima de unos valores
espirituales que muchas veces se encuentran, como precioso patrimonio, en aquellas
civilizaciones que les han visto crecer. Trabajadores
emigrantes 69.
La misma acogida debe ofrecerse a los trabajadores emigrados, que viven muchas
veces en condiciones inhumanas, ahorrando de su salario para sostener a sus familias,
que se encuentran en la miseria en su suelo natal. Sentido
social 70.
Nuestra segunda recomendación va dirigida a aquéllos a quienes sus
negocios llaman a países recientemente abiertos a la industrialización:
industriales, comerciantes, dirigentes o representantes de las grandes empresas.
Sucede a menudo que no están desprovistos de sentido social en su propio
país; ¿por qué de nuevo retroceder a los principios inhumanos
del individualismo cuando ellos trabajan en países menos desarrollados?
La superioridad de su situación debería, al contrario, convertirles
en los iniciadores del progreso social y de la promoción humana allí
donde sus negocios les llaman.
Su mismo sentido de organización debería sugerirles los medios de
valorizar el trabajo local, de formar obreros cualificados, de preparar ingenieros
y mandos intermedios, de dejar sitio a sus iniciativas, de introducirles progresivamente
en los puestos más elevados, disponiéndoles así para que
en un próximo porvenir puedan compartir con ellos las responsabilidades
de la dirección. Que al menos la justicia regule siempre las relaciones
entre jefes y subordinados que unos contratos bien establecidos rijan las obligaciones
recíprocas. Que no haya nada, en fin, sea cual sea su situación,
que les deje injustamente sometidos a la arbitrariedad. Misiones
de desarrollo
71.
Cada vez son más numerosos, Nos alegramos de ello, los técnicos
enviados en misión de desarrollo por las instituciones internacionales
o bilaterales u organismos privados; "no deben comportarse como dominadores,
sino como asistentes y colaboradores".[59] Un pueblo percibe enseguida si
los que vienen en su ayuda lo hacen con o sin afección, para aplicar unas
técnicas o para darle al hombre todo su valor. Su mensaje queda expuesto
a no ser recibido si no va acompañado del amor fraterno. Cualidades
de los técnicos
72.
A la competencia técnica necesaria tienen, pues, que añadir las
señales auténticas de un amor desinteresado. Libres de todo orgullo
nacionalista, como de toda apariencia de racismo, los técnicos deben aprender
a trabajar en estrecha colaboración con todos. Saben que su competencia
no les confiere una superioridad en todos los terrenos. La civilización
que les ha formado contiene ciertamente elementos de humanismo universal, pero
ella no es única ni exclusiva y no puede ser importada sin adaptación.
Los agentes de estas misiones se esforzarán sinceramente por descubrir,
junto con su historia, los componentes y las riquezas culturales del país
que les recibe. Se establecerá con ello un contacto que fecundará
una y otra civilización. Diálogo
de civilizaciones
73.
Entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero es,
en efecto, creador de fraternidad. La empresa del desarrollo acercará a
los pueblos en las realizaciones que persigue el común esfuerzo, si todos,
desde los gobernantes y sus representantes hasta el más humilde técnico,
se sienten animados por un amor fraternal y movidos por el deseo sincero de construir
una civilización de solidaridad mundial. Un diálogo, centrado sobre
el hombre y no sobre los productos o sobre las técnicas, comenzará
entonces. Será fecundo si aporta a los pueblos que de él se benefician
los medios que lo eleven y lo espiritualicen; si los técnicos se hacen
educadores y si las enseñanzas impar-tidas están marcadas por una
cualidad espiritual y moral tan elevada que garanticen un desarrollo no solamente
económico, sino también humano. Más allá de la asistencia
técnica, las relaciones así establecidas perdurarán. ¿Quién
no ve la importancia que entonces tendrán para la paz del mundo? Llamamiento
a los jóvenes 74.
Muchos jóvenes han respondido ya con ardor y entrega a la llamada de Pío
XII para un laicado misionero.[60] Son muchos también los que se han puesto
espontáneamente a disposición de organismos, oficiales o privados,
que colaboran con los pueblos en vía de desarrollo. Nos sentimos viva satisfacción
al saber que en ciertas naciones el "servicio militar" puede convertirse,
en parte, en un "servicio social", un simple servicio. Nos bendecimos
estas iniciativas y la buena voluntad de los que las secundan. ¡Ojalá
que todos los que se dicen de Cristo puedan escuchar su llamada: "Tuve hambre,
y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui un extranjero, y me
recibisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la
cárcel, y me vinisteis a ver".[61] Nadie puede permanecer indiferente
ante la suerte de sus hermanos que todavía yacen en la miseria, presa de
la ignorancia, víctimas de la inseguridad. Como el corazón de Cristo,
el corazón del cristiano debe sentir compasión de tanta miseria:
"Siento compasión por esta muchedumbre".[62] Plegaria
y acción 75.
La oración de todos debe subir con fervor al Todopoderoso, a fin de que
la humanidad, consciente de tan grandes calamidades, se aplique con inteligencia
y firmeza a abolirlas. A esta oración debe corresponder la entrega completa
de cada uno, en la medida de sus fuerzas y de sus posibilidades, a la lucha contra
el subdesarrollo. Que los individuos, los grupos sociales y las naciones se den
fraternalmente la mano, el fuerte ayudando al débil a levantarse, poniendo
en ello toda su competencia, su entusiasmo y su amor desinteresado. Más
que nadie, el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para
descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para
vencerla con intrepidez. Amigo de la paz, "proseguirá su camino irradiando
alegría y derramando luz y gracia en el corazón de los hombres en
toda la faz de la tierra, haciéndoles descubrir, por encima de todas las
fronteras, el rostro de los hermanos, el rostro de los amigos".[63] El
desarrollo es el nuevo nombre de la paz 76.
Las diferencias económicas, sociales y culturales demasiado grandes entre
los pueblos provocan tensiones y discordias, y ponen la paz en peligro. Como Nos
dijimos a los padres conciliares a la vuelta de nuestro viaje de paz a la ONU,
"la condición de los pueblos en vía de desarrollo debe ser
el objeto de nuestra consideración, o, mejor aún, nuestra caridad
con los pobres que hay en el mundo y éstos son legiones infinitas debe
ser más atenta, más activa, más generosa".[64] Combatir
la miseria y luchar contra la injusticia es promover, a la par que el mayor bienestar,
el progreso humano y espiri-tual de todos, y, por consiguiente, el bien común
de la humanidad. La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio
siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día,
en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia
más perfecta entre los hombres.[65] Salir
del aislamiento 77.
Constructores de su propio desarrollo, los pueblos son los primeros responsables
de él. pero no lo realizarán en el aislamiento. Los acuerdos regionales
entre los pueblos débiles, a fin de sostenerse mutuamente; los acuerdos
más amplios para venir en su ayuda, las convenciones más ambiciosas
entre unos y otros para establecer programas concertados, son los jalones de este
camino del desarrollo que conduce a la paz. Hacia
una autoridad mundial eficaz 78.
Esta colaboración internacional de alcance mundial requiere unas instituciones
que la prepare, la coordinen y la rijan hasta constituir un orden jurídico
universalmente reconocido. De todo corazón, Nos alentamos las organizaciones
que han puesto mano en esta colaboración para el desarrollo, y deseamos
que crezca su autoridad. "Vuestra vocación dijimos a los representantes
de las Naciones Unidas en Nueva York es la de hacer fraternizar no solamente a
algunos pueblos, sino a todos los pueblos... ¿Quién no ve la necesidad
de llegar así progresivamente a instaurar una autoridad mundial que pueda
actuar eficazmente en el terreno jurídico y en el de la política?".[66] Esperanza
fundada en un mundo mejor 79.
Algunos creerán utópicas tales esperanzas. Tal vez no sea consistente
su realismo y tal vez no hayan percibido el dinamismo de un mundo que quiere vivir
más fraternalmente, y que, a pesar de sus ignorancias, sus errores, sus
pecados, sus recaídas en la barbarie, y sus alejados extravíos fuera
del camino de la salvación, se acerca lentamente, aun sin darse de ello
cuenta, hacia su Creador. Este camino hacia más y mejores sentimientos
de humanidad pide esfuerzo y sacrificio, pero el mismo sufrimiento, aceptado por
amor hacia nuestros hermanos, es portador de progreso para toda la familia humana.
Los cristianos saben que la unión al sacrificio del Salvador contribuye
a la edificación del Cuerpo de Cristo en su plenitud: el pueblo de Dios
reunido.[67] Todos
solidarios 80.
En esta marcha, todos somos solidarios. A todos hemos querido recordar la amplitud
del drama y la urgencia de la obra que hay que llevar a cabo. La hora de la acción
ha sonado ya: la supervivencia de tantos niños inocentes, el acceso a una
condición humana de tantas familias desgraciadas, la paz del mundo, el
porvenir de la civilización, están en juego. Todos los hombres y
todos los pueblos deben asumir sus responsabilidades. LLAMAMIENTO
FINAL Católicos 81.
Nos conjuramos en primer lugar a todos nuestros hijos. En los países en
vía de desarrollo no menos que en los otros, los seglares deben asumir
como tarea propia la renovación del orden temporal. Si el papel de la jerarquía
es el de enseñar e interpretar auténticamente los principios morales
que hay que seguir en este terreno, a los seglares les corresponde, con su libre
iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu
cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad
en que viven.[68] Los cambios son necesarios; las reformas profundas, indispensables:
deben emplearse resueltamente en infundirles el espíritu evangélico.
A nuestros hijos católicos de los países más favorecidos,
Nos pedimos que aporten su competencia y su activa participación en las
organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, dedicadas a superar
las dificultades de los países en vía de desarrollo. Estamos seguros
de que ellos pondrán todo su empeño para hallarse en primera fila
entre aquéllos que trabajan por llevar a la realidad de los hechos una
moral internacional de justicia y equidad. Cristianos
y creyentes 82.
Todos los cristianos, nuestros hermanos, Nos estamos seguro de ello, querrán
ampliar su esfuerzo común y concertado a fin de ayudar al mundo a triunfar
del egoísmo, del orgullo y de las rivalidades, a superar las ambiciones
y las injusticias, a abrir a todos los caminos de una vida más humana en
la que cada uno sea amado y ayudado como su prójimo y su hermano. Todavía
emocionado por nuestro inolvidable encuentro de Bombay con nuestros hermanos no
cristianos, de nuevo Nos les invitamos a laborar con todo su corazón y
con toda su inteligencia, para que todos los hijos de los hombres puedan llevar
una vida digna de hijos de Dios. Hombres
de buena voluntad 83.
Finalmente, nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad, conscientes de
que el camino de la paz pasa por el desarrollo. Delegados en las instituciones
internacionales, hombres de Estado, publicistas, educadores, todos, cada uno en
nuestro sitio, vosotros sois los constructores de un mundo nuevo. Nos suplicamos
al Dios Todopoderoso que ilumine vuestras inteligencias y os dé nuevas
fuerzas y aliento para poner en estado de alerta a la opinión pública
y comunicar entusiasmo a los pueblos. Educadores, a vosotros os pertenece despertar
ya desde la infancia el amor a los pueblos que se en-cuentran en la miseria. Publicistas,
a vosotros corresponde poner ante nuestros ojos el esfuerzo realizado para promover
la mutua ayuda entre los pueblos, así como también el espectáculo
de las miserias que los hombres tienen tendencia a olvidar para tranquilizar sus
conciencias; que los ricos sepan al menos que los pobres están a su puerta
y aguardan las migajas de sus banquetes. Hombres
de Estado 84.
Hombres de Estado, a vosotros os incumbe movilizar vuestras comunidades en una
solidaridad mundial más eficaz, y ante todo hacerles aceptar las necesarias
disminuciones de su lujo y de sus dispendios para promover el desarrollo y salvar
la paz. Delegados de las organizaciones internacionales, de vosotros depende que
el peligroso y estéril enfrentamiento de fuerzas deje paso a la colaboración
amigable, pacífica y desinteresada, a fin de lograr un progreso solidario
de la humanidad en el que todos los hombres puedan desarrollarse. Sabios 85.
Y si es verdad que el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas,
Nos hacemos un llamamiento a los pensadores y a los sabios, católicos,
cristianos, adoradores de Dios, ávidos de absoluto, de justicia y de verdad:
todos los hombres de buena voluntad. A ejemplo de Cristo, Nos nos atrevemos a
rogaros con insistencia: "Buscad y encontraréis";[69] emprended
los caminos que conducen, a través de la colaboración, de la profundización,
del saber, de la amplitud del corazón, a una vida más fraterna en
una comunidad humana verdaderamente universal. Todos
a la obra
86.
Vosotros todos los que habéis oído la llamada de los pueblos que
sufren, vosotros los que trabajáis para darles una respuesta, vosotros
sois los apóstoles del desarrollo auténtico y verdadero, que no
consiste en la riqueza egoísta y deseada por sí misma, sino en la
economía al servicio del hombre, en el pan de cada día distribuido
a todos, como fuente de fraternidad y signo de la providencia. Bendición
87.
De todo corazón, os bendecimos y hacemos un llamamiento a todos los hombres
para que se unan fraternalmente a vosotros. Porque si el desarrollo es el nuevo
nombre de la paz, ¿quién no querrá trabajar con todas sus
fuerzas para lograrlo? Sí, os invitamos a todos para que respondáis
a nuestro grito de angustia en el nombre del Señor. Vaticano,
en la fiesta de Pascua, 26 de marzo de 1967.
PABLO
PP. VI
__________
NOTAS: [1]
Cf. Acta Leonis XIII, t. XI (1892), pp. 97-148. [2]
Cf. AAS 23 (1931), pp. 177-228. [3]
Cf. AAS 53 (1961), pp. 401-464. [4]
Cf. AAS 55 (1963), pp. 257-304. [5]
Cf. en particular Radiomensaje del 1 de junio 1941 en el 50 aniversario de la
Rerum Novarum, en AAS 33 (1941), pp. 195-205; Radiomensaje de Navidad 1942, en
AAS 35 (1943), pp. 9-24; Alocu-ción a un grupo de trabajadores en el aniversario
de la Rerum Novarum, el 14 de mayo 1953, AAS 45 (1953), pp. 402-408. [6]
Cf. Encíclica Mater et Magistra, 15 mayo 1961, AAS 45 (1961), p. 440. [7]
Gaudium et spes, nn. 63-72, AAS 58 (1966), pp. 1084-1094. [8]
Motu Propio Catholicam Christi Eclesiam, 6 enero 1967, AAS 59 (1967), p. 27. [9]
Encíclica Rerum Novarum, 15 mayo 1891, Acta Leonis XIII, t. XI (1892),
p. 98. [10]
Gaudium et spes, n. 63, § 8. [11]
Cf. Lucas 7,22. [12]
Gaudium et spes, n.3, § 2. [13]
Cf. Encíclica Inmortale Dei, 1 noviembre 1885, Acta Leonis XIII, t. V (1885),
p. 127. [14]
Gaudium et spes, n. 4, § 1. [15]
L.J. Lebret, O.P., Dynamique conréte du développement, París,
Eco. [16]
2 Tesalonicenses 3,10. [17]
Cf. por ejemplo, J. Maritain, Les conditions spirituelles du progrés et
de la paix, en Rencontre des cultures a l'UNESCO sous le signe du Concile oecuménique
Vatican II. París, Mame, 1966, p. 66. [18]
Cf. Mateo 5,3. [19]
Génesis 1,28. [20]
Gaudium et spes, n. 69, § 1. [21]
1 Juan 3,17. [22]
De Nabuthe, c. 12, n. 53. PL 14, 747. Cf. J.-R Palanque, Saint Ambroise et l'empire
romain, Paris, de Bocard, 1988, pp. 336 sq. [23]
Carta a la Semana Social de Brest, en L 'homme et la revolution urbaine. Lyon,
Crónica Social, 1965, p. 8 et 9. [24]
Gaudium et spes, n. 71, §6. [25]
Cf. ibid, n. 65, § 3. [26]
Encíclica Quadragesimo anno, 15 mayo 1931, AAS 23 (1931), p. 212. [27]
Cf. por ejemplo, Colin Clark, The conditions of economic progress, tercera edic.
London, Macmi-llan & Co. New York, St. Martin' s Press, 1960, pp. 3-6. [28]
Carta a la Semana Social de Lyon, en Le travail et les travaillerus dan la société
contemporaine, Lyon. Crónica Social, 1965, p. 6. [29]
Cf. por ejemplo, M-D. Chenu, 0.P., Pour une théologie du travail, Paris,
Editions du Seuil, 1955. [30]
Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 423. [31]
Cf. por ejemplo, 0. von Nell-Breuning, S.J., Wirtschaft und Geselleschaft. [32]
Efesios 4,13. [33]
Cf., por ejemplo, Mons. M. Larrain Errazuiz, Obispo de Talca (Chile), Presidente
del CELAM, Carta Pastoral Desarrollo: Éxito o Fracaso en América
Latina, 1965. [34]
Gaudium et spes, n. 26, § 4. [35]
Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 414. [36]
L'Osservatore romano, 11 septiembre 1965. Documentation catolique, t. 62, Paris,
1965, Col. 1674-1675. [37] Cf. Mateo 19,6. [38]
Gaudium et spes, n. 52, § 2. [39]
Cf. ibid, nn. 50-51 (y nota 14), y n. 87, § 2 y 3. [40]
Ibid., n. 15, § 3. [41]
Mateo 16,26. [42]
Gaudium et spes, n. 57, § 4. [43]
Ibid., a. 19, § 2. [44]
Cf., por ejemplo, J. Maritain, L'Humanisme integral, Paris, Spes, 1945, p. 10. [45]
H. de Lubac, S.J., Le drame de l'humanisme athée, 3ª ed., Paros, Spes,
1945. [46]
Pensées, e.d. Brunschvicg, n. 434. Cf. M. Zundel, L'homme passe l'homme,
Le Caire. Editions du Lien, 1944. [47]
Alocución a los representantes de las religiones no-cristianas, el 3 diciembre
1964, AAS 57 (1965), p. 132. [48]
Santiago 2,15-16. [49]
Cf. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 440 sq. [50]
Cf. AAS 56 (1964), pp. 57-58. [51]
Cf. L'Osservatore Romano, 10 febrero 1966. Encicliche e Discorsi di Paolo VI,
vol. IX, Roma, ed. Paoline, 1966, pp. 132-136; Eclessia, 19 febrero 1966 (n. 1279),
p. 9 (269). [52]
Cf. Lucas 13,19-31. [53]
Gaudium et spes, n. 86, § 3. [54]
Lucas 12,20. [55]
Mensaje al mundo, entregado a los periodistas el 4 de diciembre de 1964. Cf. AAS
57 (1965), p. 135. [56]
Cf. AAS 56 (1964), pp. 639 sq. [57]
Cf. Acta Leonis XIII, t. XI (1892), p. 131 [58]
Cf. Ibid., p. 98. [59]
Gaudium et spes, n. 85 § 2. [60]
Cf. Encíclica Fidei Domun, 21 abril 1957, AAS 49 (1957), p. 246 [61]
Mateo 25,35-36. [62]
Marcos 8,2. [63]
Alocución de Juan XIII en la entrega del premio Balzam, el 10 mayo 1963,
AAS 55 (1963), p. 455. [64]
AAS 57 (1965), p. 896. [65]
Cf. Encíclica Pacem in terris, 11 abril 1963, AAS 55 (1963), p. 301. [66]
AAS 57 (1965), p. 880 [67]
Cf. Efesios 4,12; Lumen Gentium, n. 13. [68]
Cf. Apostolicam Actuositatem, nn. 7, 13 y 24. [69]
Lucas 11,9. |