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"Jesús,
después de hacer un ayuno durante cuarenta días
y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)
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¡Queridos
hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino
de preparación espiritual más intenso, la Liturgia
nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a
las que la tradición bíblica cristiana confiere
un gran valor - la oración, el ayuno y la limosna - para
disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer
experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia
pascual, ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve
la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos
(Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal,
este año deseo detenerme a reflexionar especialmente
sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma
nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor
vivió en el desierto antes de emprender su misión
pública. Leemos en el Evangelio: Jesús fue
llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado
por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta
días y cuarenta noches, al fin sintió hambre
(Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las
Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de
encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8),
Jesús orando y ayunando se preparó a su misión,
cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene
para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí
mismo sería bueno y útil para nuestro sustento.
Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana
enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el
pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia
de la salvación encontramos en más de una ocasión
la invitación a ayunar.
Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el
Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el
fruto prohibido: De cualquier árbol del jardín
puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y
del mal no comerás, porque el día que comieres
de él, morirás sin remedio (Gn 2, 16-17).
Comentando la orden divina, San Basilio observa que el
ayuno ya existía en el paraíso, y la
primera orden en este sentido fue dada a Adán.
Por lo tanto, concluye: El no debes comer
es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia (cfr. Sermo
de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias
nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para
recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras
antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida,
invitando al pueblo reunido a ayunar para humillarnos
- dijo - delante de nuestro Dios (8,21). El Todopoderoso
escuchó su oración y aseguró su favor y
su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive
que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran,
proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo:
A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca
el ardor de su ira y no perecemos (3,9). También
en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón
profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos,
que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía
la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero
ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste
más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial,
que ve en lo secreto y te recompensará (Mt
6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás,
al término de los 40 días pasados en el desierto,
que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). El verdadero ayuno,
por consiguiente, tiene como finalidad comer el alimento
verdadero, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn
4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden
del Señor de no comer del árbol de la ciencia
del bien y del mal, con el ayuno el creyente desea someterse
humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la
primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 2Co 6,5).
También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza
del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del
viejo Adán y abrir en el corazón del
creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una
práctica recurrente y recomendada por los santos de todas
las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: El
ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es
la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna,
que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica
aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta
oído a quien no cierra los suyos al que le súplica
(Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno
ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más
bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar
material, el valor de una medida terapéutica para el
cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno
para el bienestar físico, pero para los creyentes es,
en primer lugar, una terapia para curar todo lo
que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución
apostólica Paenitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo
VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto
de la llamada a todo cristiano a no vivir para sí
mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó
por él y a vivir también para los hermanos
(cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión
para retomar las normas contenidas en la citada Constitución
apostólica, valorizando el significado auténtico
y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede
ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón
al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento
de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además,
a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola
a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor.
San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones
negativas y las definía retorcidísima y
enredadísima complicación de nudos (Confesiones,
II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía:
Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo
me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable
a sus ojos, para gustar su dulzura (Sermo 400, 3, 3: PL
40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo
facilita una disposición interior a escuchar a Cristo
y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno
y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre
más profunda que experimentamos en lo íntimo de
nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la
situación en la que viven muchos de nuestros hermanos.
En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: Si alguno
que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está
necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo
puede permanecer en él el amor de Dios? (3,17).
Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del
Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre
(cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos
de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente
que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño.
Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención
hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades
a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno
personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra
de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el
principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se
hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27),
y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias
al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V,
20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica
y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico
cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa
una práctica ascética importante, un arma espiritual
para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros
mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento
y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo
a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el
pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad
humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal
exhorta: Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus,
/ somno, iocis et arctius / perstemus in custodia Usemos
de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas,
el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con
mayor atención.
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como
último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía
el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de
uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo
tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la
Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu
y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor
de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor
empeño en la oración, en la lectio divina, en
el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación
en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical.
Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial
de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María,
Causa nostrae laetitiae, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar
nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que
se convierta cada vez más en tabernáculo
viviente de Dios. Con este deseo, asegurando mis oraciones
para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un
provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón
a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de diciembre de 2008
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