Libres para hacer la voluntad del Padre

Llegamos, una vez más, a la Semana Santa, la más santa de todas las semanas del año, en la cual celebraremos con peculiar intensidad el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Comenzaremos la Semana con la tradicional celebración del Domingo de Ramos. Con palmas y ramos de olivo en las manos, cantaremos "Hosanna al que viene en nombre del Señor", Así daremos la bienvenida a Jesús, que dijo: "Yo no hago nada por mi cuenta, sino que he venido a hacer lo que mi Padre me ha encomendado", Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, viene en el nombre de Dios. Y viene también esta Semana Santa a la vida de cada uno de nosotros, con una misión: "No he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo".

El Jueves Santo seremos introducidos en el gran Triduo Pascual, a través de la celebración de la Institución de la Eucaristía, En esta ocasión reviviremos el signo de Jesús, que lavó los pies a sus apóstoles, para enseñamos que, según la lógica de su Reino, "el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por Mí y por el Evangelio, ése la salvará"; y también: "el que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos sus hermanos", pues "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir ya dar su vida por el rescate de muchos".

Este rescate se dará el Viernes Santo, cuando Jesús, como un cordero, se entregará en manos de los hombres, sin resistirse al mal, para ser crucificado y así beber "el cáliz que mi Padre me ha preparado".
'Tomad y bebed, repetirá desde entonces a través de los sacerdotes en la santa Misa, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres, para el perdón de los pecados".

Nuestro Señor Jesús, el que no cometió pecado, es juzgado y crucificado como si fuera un malhechor. Y Él se ofrece en sacrificio al Padre, para la remisión de nuestros pecados y para que, a través del Espíritu Santo que después nos será enviado, también nosotros podamos ser santos, como lo es nuestro Padre Celestial. He aquí el sentido último de la Pascua: nuestra santificación, nuestra divinización.

Acompañemos estos días a Jesús en su Pasión. Quedémonos junto con Él, con la Virgen María y el joven apóstol san Juan, a los pies de la Cruz. Contemplemos su cuerpo inerte y su sepultura. Guardemos silencio y meditemos este gran misterio de amor, mientras el Sábado Santo libra Él el combate contra el demonio y la muerte.

Reconozcamos nuestros pecados y pidámosle al Padre que al concluir la Semana Santa, el Domingo, podamos también experimentar en nosotros la victoria de la Resurrección de Nuestro Señor; es decir, ver rotas nuestras ataduras y quedar liberados de la esclavitud del pecado y capacitados para hacer la voluntad de Dios en el servicio a los hermanos.

Feliz Pascua para todos. Dios les bendiga.


+ Javier Del Rio Alba
Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Arequipa

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