Sus
cualidades mentales y espirituales lo llevaron a una de las misiones más
difíciles; a trabajar en la región de Chablais cerca del lago de
Ginebra. El obispo lo envía de misionero a esta región recién
regresada al Ducado de Saboya después de 60 años en manos de Calvinistas.
Allí al principio es fuertemente rechazado. Tiene que pasar las noches
a la intemperie y dormir en invierno amarrado a las ramas de los altos árboles
con el peligro de ser devorado por los lobos.
Pero trata a todos con una
bondad tan admirable que los habitantes comienzan a aceptarlo. Cada madrugada
pasa de casa en casa echando por debajo de la puerta de los hugonotes hojas escritas
con las enseñanzas católicas. Y es tal su oración, su sacrificio
y su constancia y sabiduría para enseñar, que a los pocos años
logra convertir a los 72.000 protestantes de esa región al catolicismo.
San
Francisco se ganó la reputación de ser sensible, cortés y
un evangelizador exitoso. Como consecuencia de esto, fue nombrado Obispo Coadjutor
de Ginebra y posteriormente, Obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1602.
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