La
celebración del Día del Niño por Nacer en nuestro país
es ocasión para lanzar una vez más un llamado a los cristianos y
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a que acojan el grande y misterioso
don de la vida que brilla en cada ser humano, especialmente en aquel que está
en espera de nacer. Todos hemos recibido la vida como un don y por eso, amar,
celebrar y defender la vida ha de brotar naturalmente desde lo hondo del corazón
de toda persona capaz de reconocer esta verdad.
La razón humana
se abre al misterio de la vida y lo sondea. La ciencia nos enseña que el
ser humano criatura única e irrepetible empieza a existir como
tal en el momento de la concepción, cuando apenas es sólo una célula;
y desde allí prosigue su desarrollo hasta el nacimiento. Las circunstancias
que rodean este hecho pueden ser variadas, hasta dramáticas: el nuevo ser
puede ser querido o no deseado, quizá no esperado; estar en el seno materno
o en una lámina de laboratorio, quizá en un congelador; haber sido
generado por amor o en la violencia, en el calor de un hogar o en la frialdad
de una irresponsable inconciencia. Pero ninguna de estas circunstancias modifica
la verdad científica, que se mantiene incólume y no cambia: estamos
frente a un ser humano, tan valioso como uno ya nacido.
Por otra parte
la historia reciente de la humanidad y de nuestro país nos enseña
que la violencia aunque se le quiera silenciar o disfrazar de buenas intenciones
no engendra la paz. ¿Aprenderemos la lección?
Hace poco el
Santo Padre volvía a recordarnos: La vida, que es obra de Dios, no
se debe negar a nadie, ni siquiera al más pequeño e indefenso de
los niños por nacer, mucho menos cuando tiene graves discapacidades.
Su llamado resuena especialmente fuerte en nuestro continente latinoamericano
y en nuestro país sobre los que se cierne la amenaza cada vez más
agresiva e insistente de la despenalización y legalización del aborto,
presentado bajo la mascara de terapéutico, propuesto incluso
como solución al drama del embarazo que porta un niño
malformado o que es fruto de una violación. Pero a pesar de la mascara
con que se le cubra, el aborto terapéutico seguirá siendo
el asesinato de un ser humano a manos de otro.
Dejémonos interpelar
por la verdad. La muerte no puede traer paz a la sociedad, menos aún al
corazón de la mujer madre. La legalización del aborto es una estafa,
no soluciona nada. Trabajemos juntos soluciones auténticas y realistas
a los problemas sociales y al drama humano de enfrentar un embarazo difícil.
La justicia y la reconciliación nacional no se van a alcanzar a costa de
la vida de peruanos inocentes e indefensos, sino con un sí
generoso al amor auténtico y a la verdad acerca del hombre y de los designios
de Dios para él.
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