1.
Sentido de la Fiesta del Corpus Christi
La gran fiesta del Santísimo
Cuerpo y Sangre de Cristo que hoy nos congrega, fue instituida en el siglo XIII.
Ella nació con un fin muy determinado: para que los católicos reafirmemos
y confesemos públicamente que el Señor Jesús está
vivo y realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
El
Corpus Christi es por tanto la fiesta anual para adorar y agradecer manifiestamente
al Señor Jesús, que en el Sacramento Eucarístico sigue amándonos
hasta el extremo, hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre (Ver Sacramentum
Caritatis n. 1).
Cristo, en su amorosa providencia, ha querido quedarse
realmente entre nosotros en la Eucaristía. Por ello, cuando contemplamos
en la Santa Misa al Señor, levantado en lo alto por el sacerdote después
de la Consagración del pan y del vino; o lo adoramos con devoción
expuesto en la Custodia, renovamos con profunda humildad nuestra fe en su presencia
real en el Santísimo Sacramento del Altar.
La Iglesia ha
recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como
un don entre otros muchos
sino como el don por excelencia, porque es el don
de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además de su
obra de salvación (Ecclesiae de Eucharistia, n. 11). La Eucaristía
es el corazón de la Iglesia.
Cada Eucaristía es un encuentro
personal con Cristo. Nosotros los cristianos, no seguimos a un personaje de la
historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y ahora de nuestras vidas.
El Señor Jesús es el Viviente que camina a nuestro
lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos de nuestra vida
vividos en la dinámica dolor alegría. Más aún,
Él nos nutre con su mismo Cuerpo y Sangre, alimento de vida eterna.
Cada
Eucaristía, es ocasión maravillosa para encontrarnos con Él
vivo y Resucitado, para sentir en nuestro corazón lo que sintieron los
Discípulos de Emaús: que es verdad todo lo que Él ha dicho
y hecho para nuestra salvación. Que Él realmente tiene Palabras
de Vida Eterna que resisten el desgaste del tiempo y permanecen para la eternidad.
Que Él realmente es el Pan Vivo que ha bajado del cielo para que todo aquél
que coma de este Pan tenga vida eterna.
2. Misa Dominical
Por
ello hermanos mi llamado a dar prioridad a la Misa dominical, que es sacrificio,
acción de gracias, memorial, presencia real, banquete pascual, fuente de
caridad fraterna y prenda de la gloria futura.
Hay que participar activamente
en la Misa del Domingo y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de
los padres con los hijos a la Misa del Domingo es un medio sumamente eficaz para
comunicar la fe y para que la familia se mantenga unida en el amor del Señor.
Hoy hay que decirlo con claridad: El Domingo es el Día del Señor,
por ello no hay Domingo sin Santa Misa. La celebración dominical de la
Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana.
3. Sacramento
de la Caridad
Como nos ha dicho el Santo Padre Benedicto XVI, en su
reciente viaje apostólico al Brasil, el encuentro con Cristo en la Eucaristía
suscita el compromiso de la evangelización y el impulso de la solidaridad.
Despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y de testimoniarlo
en la sociedad para que ésta sea más justa y humana (Ver Discurso
en la Sesión Inaugural de la V Conferencia General, n. 4).
En la
Eucaristía, Cristo ha querido darnos su amor, aquél amor que lo
impulsó a ofrecer su vida en la Cruz por nosotros. Cuando nos alimentamos
en la Santa Comunión con su Cuerpo y con su Sangre, su amor pasa a nosotros
y nos hace capaces a nuestra vez de dar la vida por los hermanos, de amar como
Él ama. Y ésta, es la verdadera alegría en la vida: la alegría
del amor.
Por ello, de la Eucaristía ha brotado a lo largo de los
siglos un inmenso caudal de caridad y de justicia. La participación en
la Santa Misa debe impulsarnos a ser solidarios y fraternos con todos, pero especialmente
con los más pobres y necesitados. Quien realmente se encuentra con Cristo
en la Eucaristía y lo recibe con fe y amor en la comunión, no permanece
indiferente frente al dolor y las necesidades de los demás, sino más
bien se siente urgido a brindar auxilio al hermano en sus necesidades más
urgentes, a defender sus derechos si estos son amenazados, y a promover según
el máximo de sus posibilidades y capacidades una sociedad fundada en la
verdad, la justicia y la reconciliación.
Haciéndome eco
del Papa Benedicto XVI, hoy yo también quiero decir: ¡Sólo
de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará
Latinoamérica y el Caribe (y por el ende el Perú, Piura y Tumbes)
para que además de ser el Continente de la Esperanza, sea también
el Continente del Amor! (Discurso en la Sesión Inaugural de la V Conferencia
General, n. 4).
4. A los sacerdotes y fieles laicos
Queridos
hermanos: en la Santísima Eucaristía está contenido todo
el bien espiritual de la Iglesia, porque en ella está Cristo mismo, el
Pan Vivo que ha bajado del cielo para dar la Vida a los hombres.
Por ello
les pido a los Sacerdotes: sean ejemplares en la celebración de la Santa
Misa para que ésta conserve siempre su carácter sagrado. Que las
normas litúrgicas sean observadas con gran fidelidad en la celebración
eucarística. No se olviden que de cierta manera, el sacerdote es para la
Eucaristía, y la Eucaristía es para el sacerdote. De ahí
la importancia de que tengan en todo momento un gran amor y devoción por
la Eucaristía, tanto en la celebración diaria de la Santa Misa como
en la Visita y Adoración de cada día al Santísimo Sacramento.
Es ahí donde de manera privilegiada tienen que cultivar una honda amistad
personal con Jesús, para que sean hombres de Dios, capaces
de llevar a Jesús a los demás, capaces de compartir sus sentimientos,
capaces de ser presencia viva de su Amor. Si hacen de la Eucaristía el
fundamento y centro de sus vidas, entonces siempre experimentarán la alegría
y la fecundidad de su vocación sacerdotal.
Y a los religiosos,
consagrados y fieles laicos les pido:
Reverencien siempre con amor, piedad
y devoción el Santísimo Sacramento del Altar. Visiten diariamente
a Jesús en los Sagrarios de sus comunidades y de sus templos parroquiales.
Recuperemos la belleza de la Adoración Eucarística. Que Jesús
Eucaristía nunca esté solo sino siempre acompañado en todo
momento por una multitud adoradores. Y cuando quieran acoger al Señor con
fe en la sagrada comunión, vean primero si necesitan recurrir al Sacramento
de la reconciliación para purificar el corazón de todo pecado grave.
5.
Procesión Eucarística
Al final de esta solemne celebración,
llevaremos a Jesús Eucaristía por las calles de nuestra gran ciudad
en procesión. Con este gesto damos testimonio público de nuestra
fe y amor a Jesús realmente presente en el Santísimo Sacramento
del Altar.
Pero también con este gesto Cristo, se sumerge en la
cotidianidad de nuestra vida. De esta manera el Señor Jesús nos
manifiesta que el camina y vive siempre con nosotros.
¡Y qué
hermoso es saber que no estamos solos! ¡Qué hermoso es saber que
podemos transitar por las calles de la vida sabiendo que Él va siempre
a nuestro lado, apoyados en la esperanza de que llegará el día en
que lo veremos cara a cara en el cielo y así seremos en todo semejantes
a Él.
¡Señor Jesús, cuando recorras nuestras
calles y plazas como lo hacías durante tu vida terrena, derrama tu bendición
sobre nuestros hogares, centros de trabajo y de estudio, sobre nuestras familias,
enfermos, ancianos, jóvenes, adolescentes y niños!
¡Jesús
Eucaristía te adoramos y te amamos. Toca hoy con fuerza la puerta de nuestro
corazón para que te abramos de par en par nuestra vida personal y social
y así en Ti y sólo en Ti construyamos nuestra felicidad, la justicia
y la unidad que tanto necesita nuestra sociedad!
6. María, guía
segura al Santísimo Sacramento
En este día de Corpus
Christi, nuestra oración también se dirige a la María Santísima,
la Mujer Eucarística, para pedirle que nos ayude a creer y
a amar más este milagro del amor divino. No olvidemos que si hay Eucaristía
es en parte gracias a María, porque el Cuerpo y la Sangre que adoramos
y recibimos en este misterio de fe, es el mismo Cuerpo y la misma Sangre que nacieron
de Ella: Ave verum corpus natum de Maria Virgine, canta la liturgia.
Te saludamos verdadero cuerpo nacido de María Virgen.
Ella,
que fue el primer tabernáculo de la historia, donde Dios todavía
invisible a los ojos de los hombres, se ofreció a la adoración de
su prima Santa Isabel, en la Visitación, es la que mejor puede ayudarnos
a adorar a Jesús realmente presente en cada Sagrario.
Ella,
que supo acoger en su vientre inmaculado y virginal al Verbo de Dios, y después
supo estrecharlo con amor en sus brazos, lo mismo en Belén, como al pie
de la Cruz, es la que mejor nos puede educar a recibir a Jesús en cada
comunión, enseñándonos a pronunciar con fe y gratitud, con
reverencia y estremecimiento, el Amén, que decimos antes de
comulgar.
Que así sea. Amén.
San Miguel de Piura,
10 de junio de 2007
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo