2.
Gracias a una vertiginosa evolución tecnológica, estos medios han logrado potencialidades
extraordinarias, lo cual plantea al mismo tiempo nuevos e inéditos interrogantes.
Es innegable la aportación que pueden dar al flujo de noticias, al conocimiento
de los hechos y a la difusión del saber. Han contribuido de manera decisiva, por
ejemplo, a la alfabetización y la socialización, como también al desarrollo de
la democracia y al diálogo entre los pueblos. Sin su aportación sería realmente
difícil favorecer y mejorar la comprensión entre las naciones, dar alcance universal
a los diálogos de paz, garantizar al hombre el bien primario de la información,
asegurando a la vez la libre circulación del pensamiento, en orden sobre todo
a los ideales de solidaridad y justicia social. Ciertamente, los medios en su
conjunto no solamente son medios para la difusión de las ideas, sino que pueden
y deben ser también instrumentos al servicio de un mundo más justo y solidario.
No obstante, existe el riesgo de que en vez de ello se transformen en sistemas
dedicados a someter al hombre a lógicas dictadas por los intereses dominantes
del momento. Éste es el caso de una comunicación usada para fines ideológicos
o para la venta de bienes de consumo mediante una publicidad obsesiva. Con el
pretexto de representar la realidad, se tiende de hecho a legitimar e imponer
modelos distorsionados de vida personal, familiar o social. Además, para ampliar
la audiencia, la llamada audience, a veces no se duda en recurrir a la
trasgresión, la vulgaridad y la violencia. Puede suceder también que a través
de los medios se propongan y sostengan modelos de desarrollo que, en vez de disminuir
el abismo tecnológico entre los países pobres y los ricos, lo aumentan. 3.
La humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada. También para los medios es
válido lo que escribí en la Encíclica Spe
salvi sobre la ambigüedad del progreso, que ofrece posibilidades inéditas
para el bien, pero abre al mismo tiempo enormes posibilidades de mal que antes
no existían (cf. n.22). Por lo tanto, es necesario preguntarse si es sensato dejar
que los medios de comunicación se subordinen a un protagonismo indiscriminado
o que acaben en manos de quien se vale de ellos para manipular las conciencias.
¿No se debería más bien hacer esfuerzos para que permanezcan al servicio de la
persona y del bien común, y favorezcan «la formación ética del hombre, el crecimiento
del hombre interior»? (cf. ibíd.). Su extraordinaria incidencia en
la vida de las personas y de la sociedad es un dato ampliamente reconocido, pero
hay que tomar conciencia del viraje, diría incluso del cambio de rol que los medios
están afrontando. Hoy, de manera cada vez más marcada, la comunicación parece
tener en ocasiones la pretensión no sólo de representar la realidad, sino de determinarla
gracias al poder y la fuerza de sugestión que posee. Se constata, por ejemplo,
que sobre algunos acontecimientos los medios no se utilizan para una adecuada
función de informadores, sino para “crear” los eventos mismos. Este arriesgado
cambio en su papel es percibido con preocupación por muchos Pastores. Justamente
porque se trata de realidades que inciden profundamente en todas las dimensiones
de la vida humana (moral, intelectual, religiosa, relacional, afectiva, cultural),
poniendo en juego el bien de la persona, es necesario reafirmar que no todo lo
que es técnicamente posible es también éticamente realizable. El impacto de los
medios de comunicación en la vida de las personas contemporáneas plantea, por
lo tanto, interrogantes ineludibles y espera decisiones y respuestas inaplazables. 4.
El papel que los medios de comunicación han adquirido en la sociedad debe ser
considerado como parte integrante de la cuestión antropológica, que se plantea
como un desafío crucial del tercer milenio. De manera similar a lo que sucede
en el campo de la vida humana, del matrimonio y la familia, y en el ámbito de
los grandes temas contemporáneos sobre la paz, la justicia y la tutela de la creación,
también en el sector de la comunicación social están en juego dimensiones constitutivas
del ser humano y su verdad. Cuando la comunicación pierde las raíces éticas y
elude el control social, termina por olvidar la centralidad y la dignidad inviolable
del ser humano, y corre el riesgo de incidir negativamente sobre su conciencia
y sus opciones, condicionando así la libertad y la vida misma de las personas.
Precisamente por eso es indispensable que los medios defiendan celosamente a la
persona y respeten plenamente su dignidad. Más de uno piensa que es necesaria
en este ámbito una “info-ética”, así como existe la bio-ética en el campo de la
medicina y de la investigación científica sobre la vida. 5.
Se ha de evitar que los medios se conviertan en megáfono del materialismo económico
y del relativismo ético, verdaderas plagas de nuestro tiempo. Por el contrario,
pueden y deben contribuir a dar a conocer la verdad sobre el hombre defendiéndola
ante los que tienden a negarla o destruirla. Se puede decir incluso que la búsqueda
y la presentación de la verdad sobre el hombre son la más alta vocación de la
comunicación social. Utilizar para este fin todos los lenguajes, cada vez más
bellos y refinados, de los que los medios disponen, es una tarea entusiasmante
confiada, en primer lugar, a los responsables y operadores del sector. Es una
tarea que, sin embargo, nos corresponde en cierto modo a todos, porque en esta
época de globalización todos somos usuarios y a la vez operadores de la comunicación
social. Los nuevos medios, en particular la telefonía e Internet, están modificando
el rostro mismo de la comunicación y tal vez ésta es una maravillosa ocasión para
rediseñarlo y hacer más visibles, como decía mi venerado predecesor Juan Pablo
II, las líneas esenciales e irrenunciables de la verdad sobre la persona humana
(cf. Carta ap. El
rápido desarrollo, 10). 6.
El hombre tiene sed de verdad, busca la verdad; así lo demuestran también la atención
y el éxito que tienen tantos productos editoriales y programas de ficción de
calidad en los que se reconocen y son adecuadamente representadas la verdad, la
belleza y la grandeza de la persona, incluyendo su dimensión religiosa. Jesús
dijo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32). La verdad
que nos hace libres es Cristo, porque sólo Él puede responder plenamente a la
sed de vida y de amor que existe en el corazón humano. Quien lo ha encontrado
y se apasiona por su mensaje, experimenta el deseo incontenible de compartir y
comunicar esta verdad: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros propios ojos –escribe San Juan–, lo que contemplamos
y palparon nuestras manos: la Palabra de Vida [...], os lo anunciamos para que
estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo
Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestra alegría sea completa» (1 Jn
1, 1-3). Invoquemos
al Espíritu Santo para que no falten comunicadores valerosos y testigos auténticos
de la verdad que, fieles al mandato de Cristo y apasionados por el mensaje de
la fe, «se hagan intérpretes de las actuales exigencias culturales, comprometiéndose
a vivir esta época de la comunicación no como tiempo de alienación y extravío,
sino como un tiempo oportuno para la búsqueda de la verdad y el desarrollo de
la comunión entre las personas y los pueblos» (Juan Pablo II, Discurso
al Congreso Parábolas mediáticas, 9 noviembre 2002, 2). Con
estos deseos os imparto con afecto mi bendición. Vaticano,
24 de enero 2008, Fiesta de San Francisco de Sales. BENEDICTUS
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