|
MENSAJE
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA 95ª JORNADA MUNDIAL
DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO (18 de enero de 2009)
San
Pablo migrante, Apóstol de los pueblos
Queridos
hermanos y hermanas:
Este año el Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante
y el Refugiado tiene por tema «San Pablo migrante, ‘Apóstol
de los pueblos’», y toma como punto de partida la
feliz coincidencia del Año Jubilar que he convocado en
honor del Apóstol con ocasión del bimilenario de su nacimiento.
En efecto, la predicación y la obra de mediación entre
las diversas culturas y el Evangelio, que realizó san
Pablo «emigrante por vocación», constituyen un punto de
referencia significativo también para quienes se encuentran
implicados en el movimiento migratorio contemporáneo.
Saulo, nacido en una familia de judíos que habían emigrado
de Tarso de Cilicia, fue educado en la lengua y en la
cultura judía y helenística, valorando el contexto cultural
romano. Después de su encuentro con Cristo, que tuvo lugar
en el camino de Damasco (cf. Ga 1, 13-16), sin
renegar de sus «tradiciones» y albergando estima y gratitud
hacia el judaísmo y hacia la Ley (cf. Rm 9, 1-5;
10, 1; 2 Co 11, 22; Ga 1, 13-14; Flp
3, 3-6), sin vacilaciones ni retractaciones, se dedicó
a la nueva misión con valentía y entusiasmo, dócil al
mandato del Señor: «Yo te enviaré lejos, a los gentiles»
(Hch 22, 21). Su existencia cambió radicalmente
(cf. Flp 3, 7-11): para él Jesús se convirtió en
la razón de ser y el motivo inspirador de su compromiso
apostólico al servicio del Evangelio. De perseguidor de
los cristianos se transformó en apóstol de Cristo.
Guiado por el Espíritu Santo, se prodigó sin reservas
para que se anunciara a todos, sin distinción de nacionalidad
ni de cultura, el Evangelio, que es «fuerza de Dios para
la salvación de todo el que cree: del judío primeramente
y también del griego» (Rm 1, 16). En sus viajes
apostólicos, a pesar de repetidas oposiciones, proclamaba
primero el Evangelio en las sinagogas, dirigiéndose ante
todo a sus compatriotas en la diáspora (cf. Hch
18, 4-6). Si estos lo rechazaban, se volvía a los paganos,
convirtiéndose en auténtico «misionero de los emigrantes»,
emigrante él mismo y embajador itinerante de Jesucristo,
para invitar a cada persona a ser, en el Hijo de Dios,
«nueva criatura» (2 Co 5, 17).
La proclamación del kerygma lo impulsó a atravesar
los mares del Cercano Oriente y recorrer los caminos de
Europa, hasta llegar a Roma. Partió de Antioquía, donde
se anunció el Evangelio a poblaciones que no pertenecían
al judaísmo y donde a los discípulos de Jesús por primera
vez se les llamó «cristianos» (cf. Hch 11, 20.
26). Su vida y su predicación estuvieron totalmente orientadas
a hacer que Jesús fuera conocido y amado por todos, porque
en él todos los pueblos están llamados a convertirse en
un solo pueblo.
También en la actualidad, en la era de la globalización,
esta es la misión de la Iglesia y de todos los bautizados,
una misión que con atenta solicitud pastoral se dirige
también al variado universo de los emigrantes —estudiantes
fuera de su país, inmigrantes, refugiados, prófugos, desplazados—,
incluyendo los que son víctimas de las esclavitudes modernas,
como por ejemplo en la trata de seres humanos. También
hoy es preciso proponer el mensaje de la salvación con
la misma actitud del Apóstol de los gentiles, teniendo
en cuenta las diversas situaciones sociales y culturales,
y las dificultades particulares de cada uno como consecuencia
de su condición de emigrante e itinerante. Formulo el
deseo de que cada comunidad cristiana tenga el mismo fervor
apostólico de san Pablo, el cual, con tal de anunciar
a todos el amor salvífico del Padre (cf. Rm 8,
15-16; Ga 4, 6) a fin de «ganar para Cristo al
mayor número posible» (1 Co 9, 19) se hizo «débil
con los débiles..., todo a todos, para salvar a toda costa
a algunos» (1 Co 9, 22). Que su ejemplo nos sirva
de estímulo también a nosotros para que seamos solidarios
con estos hermanos y hermanas nuestros, y promovamos,
en todas las partes del mundo y con todos los medios posibles,
la convivencia pacífica entre las diversas etnias, culturas
y religiones.
Pero, ¿cuál fue el secreto del Apóstol de los gentiles?
El celo misionero y la pasión del luchador, que lo caracterizaron,
brotaban del hecho de que él, «conquistado por Cristo»
(Flp 3, 12), permaneció tan íntimamente unido a
él que se sintió partícipe de su misma vida, a través
de «la comunión en sus padecimientos» (Flp 3, 10;
cf. también Rm 8, 17; 2 Co 4, 8-12; Col
1, 24). Aquí está la fuente del celo apostólico de san
Pablo, el cual narra: «Aquel que me separó desde el seno
de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelarme
a mí a su Hijo, para que lo anunciara entre los gentiles»
(Ga 1, 15-16; cf. también Rm 15, 15-16).
Se sintió «crucificado con Cristo» hasta el punto de poder
afirmar: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive
en mí» (Ga 2, 20). Y ninguna dificultad le impidió
proseguir su valiente acción evangelizadora en ciudades
cosmopolitas como Roma y Corinto, que en aquel tiempo
estaban pobladas por un mosaico de etnias y culturas.
Al leer los Hechos de los Apóstoles y las Cartas que san
Pablo dirige a varios destinatarios, se aprecia un modelo
de Iglesia no exclusiva, sino abierta a todos, formada
por creyentes sin distinción de cultura y de raza, pues
todo bautizado es miembro vivo del único Cuerpo de Cristo.
Desde esta perspectiva, cobra un relieve singular la solidaridad
fraterna, que se traduce en gestos diarios de comunión,
de participación y de solicitud gozosa por los demás.
Sin embargo, como enseña también san Pablo, no es posible
realizar esta dimensión de acogida fraterna recíproca
sin estar dispuestos a la escucha y a la acogida de la
Palabra predicada y practicada (cf. 1 Ts 1, 6),
Palabra que impulsa a todos a la imitación de Cristo (cf.
Ef 5, 1-2) imitando al Apóstol (cf. 1 Co
11, 1). Por tanto, cuanto más unida a Cristo está la comunidad,
tanto más solicita se muestra con el prójimo, evitando
juzgarlo, despreciarlo o escandalizarlo, y abriéndose
a la acogida recíproca (cf. Rm 14, 1-3; 15, 7).
Los creyentes, configurados con Cristo, se sienten en
Él «hermanos» del mismo Padre (cf. Rm 8, 14-16;
Ga 3, 26; 4, 6). Este tesoro de fraternidad los
hace «practicar la hospitalidad» (Rm 12, 13), que
es hija primogénita del agapé (cf. 1 Tm
3, 2; 5, 10; Tt 1, 8; Flm 17).
Así se realiza la promesa del Señor: «Yo os acogeré y
seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos
e hijas» (2 Co 6, 17-18). Si somos conscientes
de esto, ¿cómo no hacernos cargo de las personas que se
encuentran en penurias o en condiciones difíciles, especialmente
entre los refugiados y los prófugos? ¿Cómo no salir al
encuentro de las necesidades de quienes, de hecho, son
más débiles e indefensos, marcados por precariedad e inseguridad,
marginados, a menudo excluidos de la sociedad? A ellos
es preciso prestar una atención prioritaria, pues, parafraseando
un conocido texto paulino, «Dios eligió lo necio del mundo
para confundir a los sabios, (...), lo plebeyo y despreciable
del mundo, y lo que no es, para que ningún mortal se gloríe
en la presencia de Dios» (1 Co 1, 27-29).
Queridos hermanos y hermanas, la Jornada Mundial del Emigrante
y del Refugiado, que se celebrará el día 18 de enero de
2009, ha de ser para todos un estímulo a vivir en plenitud
el amor fraterno sin distinciones de ningún tipo y sin
discriminaciones, con la convicción de que nuestro prójimo
es cualquiera que tiene necesidad de nosotros y a quien
podemos ayudar (cf. Deus
caritas est, 15). Que la enseñanza y el ejemplo
de san Pablo, humilde y gran Apóstol y emigrante, evangelizador
de pueblos y culturas, nos impulse a comprender que el
ejercicio de la caridad constituye el culmen y la síntesis
de toda la vida cristiana. Como sabemos bien, el mandamiento
del amor se alimenta cuando los discípulos de Cristo participan
unidos en la mesa de la Eucaristía que es, por excelencia,
el Sacramento de la fraternidad y del amor. Y, del mismo
modo que Jesús en el Cenáculo unió el mandamiento nuevo
del amor fraterno al don de la Eucaristía, así sus «amigos»,
siguiendo las huellas de Cristo, que se hizo «siervo»
de la humanidad, y sostenidos por su gracia, no pueden
menos de dedicarse al servicio recíproco, ayudándose unos
a otros según lo que recomienda el mismo san Pablo: «Ayudaos
mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley
de Cristo» (Ga 6, 2). Sólo de este modo crece el
amor entre los creyentes y el amor a todos (cf. 1 Ts
3, 12).
Queridos hermanos y hermanas, no nos cansemos de proclamar
y testimoniar esta «Buena Nueva» con entusiasmo, sin miedo
y sin escatimar esfuerzos. En el amor está condensado
todo el mensaje evangélico, y los auténticos discípulos
de Cristo se reconocen por su amor mutuo y por acoger
a todos. Que nos obtenga este don el Apóstol san Pablo
y especialmente María, Madre de la acogida y del amor.
A la vez que invoco la protección divina sobre todos los
que están comprometidos en ayudar a los emigrantes y,
más en general, en el vasto mundo de la emigración, aseguro
un constante recuerdo en la oración por cada uno e imparto
con afecto a todos la Bendición Apostólica.
Castelgandolfo,
24 de agosto de 2008
BENEDICTO
XVI
|